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                  <text>�LA LÁPIDA DE TARQUI

250 aniversario
de la Misión
Geodésica Francesa

�La Comisión Nacional
Permanente de Conmemoraciones Cívicas y la Casa de
la Cultura Ecuatoriana
Presentan:

�LA LÁPIDA DE TARQUI
por
Miguel Díaz Cueva
de la Academia Nacional
de Historia

CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA
“BENJAMIN CARRION”
Quito, 1988

�Co-edición de la Comisión Nacional
Permanente de Conmemoraciones Cívicas y la Casa de
la Cultura Ecuatoriana
Ø CNPCC, 1988.
la. Edición, julio 1988.

Texto y Diagramación: KROHMA PUBLICIDAD,
Telf. 459345 Fotomecánica: SCANN CROMO,
Telf. 459345 - Quito

Impresión y Encuadernación: NUEVA
EDITORIAL
Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”
Dirección: Av. 6 de Diciembre No. 794 y Patria
CasiIla 67 — Telf. 521451
Quito-Ecuador

Printed inEcuador Impreso en el Ecuador

�NOTA DE LOS EDITORES
Creemos que es una excelente contribución al 250°.
aniversario de la fecunda tarea de la Misión
Geodésica Francesa, integrada también por los
sabios españoles Jorge Juan y Santacilia y Antonio
de Ulloa, publicar uno de los estudios más
detenidos que se hayan dedicado a una parte de esa
acción sobresaliente: la que le consagró a la lápida
colocada por los académicos franceses en Tarqui y
a sus curiosas mudanzas, el doctor Miguel Díaz
Cueva, distinguido bibliógrafo e historiador
cuencano, en el discurso que pronunció al ingresar
como Miembro de Número a la Academia Nacional
de Historia.
Esperamos que esta cuidada edición, con
numerosas ilustraciones, enriquezca en forma
permanente el acervo de las muchas publicaciones
realizadas con motivo del magno acontecimiento.
7

�LA LÁPIDA DE TARQUI
Los acontecimientos trascendentales en la vida de
los pueblos se los ha recordado siempre de diversas
maneras, a fin de perpetuarlos en la memoria de las
generaciones:: monumentos, obeliscos, placas,
inscripciones de diversa natura leza, nos hablan de
sitios y fechas que se consagran, por corresponder a
hechos que están íntimamente vinculados con el
acontecer histórico, político y cultural de un país.
La presencia en nuestro territorio de la MiSión
Geodésica Francesa del siglo XVIII, sin lugar a
duda, tuvo singular importancia, tanto por la
finalidad científica que ella perseguía, y cuyas
investigaciones
contribuyeron,
eficaz
y
definitivamente, a la determinación exacta de la
forma de la tierra, como por la prestancia intelectual
de las personas que la integraron, con las que
colaboré un ecuatoriano ilustre: Don Pedro Vicente
Maldonado; ya que, en frases del notable Aca
9

�démico de la Historia, señor General don Angel
Isaac Chiriboga, “en su territorio se efectuó el
!combate pacífico más glorioso de las Ciencias
contra la Naturaleza; de los hombres contra las
leyes naturales; de la Tierra contra su forma misma.
Porque al Ecuador llegaron los hombres de Ciencia
más grandes del siglo XVIII. Porque el Ecuador
concurrió con un hombre grande de altísimo cerebro
y magnánimo corazón”.
A los sitios que tuvieron indiscutible importancia
dentro del trabajo científico cumplido por la Misión
Geodésica, se los ha recordado con los monumentos
que sus integrantes construyeron en Caraburo y
Oyambaro, en el valle de Yaruquí; y que, luego de
las vicisitudes que soportaron, fueron reconstruidos
por el Presidente Rocafuerte, en 1836; con la
inscripción dejada por la Condamine en una de las
rocas del Promontorio de Paimar, al norte de Cabo
Pasado; con la lápida destinada a los muros del
templo de la Compañía de Jesús en Quito, y que se
encuentra en el Observatorio Astronómico de esta
ciudad. En la Provincia del Azuay, el lugar que
sirvió de asiento al observatorio austral que
establecieron los científicos, estuvo situado en la
parcialidad de Tarqui, al sur de la ciudad de
Cuenca, a 16 kilómetros de distancia; y, por esa
razón, a la piedra de mármol en la que se consignan
los datos relativos a la investigación llevada a cabo
desde ese lugar, se la conoce con el nombre de
Lápida de Tarqui.
10

�En este año, ducentésimo quincuagésimo aniversario de
la llegada de la Misión Geodésica Francesa, pretendemos
examinar, siquiera someramente, lo relacionado con esta
piedra histórica; y, sabiendo que nada de nuevo
aportaremos sobre tan importante tema, consignaremos
un breve resumen de lo que han dicho al respecto
destacados científicos e historiadores ecuatorianos,
especialmente, en los aspectos que han sido motivo de
discrepancias, por lo que, los puntos a tratarse serán:
1 — el texto de la Lápida;
II — los autores de ella;
III — las versiones al español de su texto latino;
IV — el lugar en que fue encontrada y su traslado a
Bogotá;
y — la segunda lápida y el obelisco en el ceno Puguín;
VI — el reclamo de Colombia;
VII — la devolución de la lápida a Cuenca;
VIII — el observatorio científico de los académicos en el
valle de Tarqui; y,
IX — conclusiones.

11

�I. EL TEXTO DE LA LÁPIDA
Tema de importancia fue el texto de la lápida;
así, el científico Neo Granadino don Francisco
José de Caldas, Miembro de la Expedición
Botánica de Santa Fe, fue quien informó que la
lápida había encontrado el Canónigo y Provisor
de la Diócesis de Cuenca, doctor Pedro
Antonio Fernández de Córdova, quien copió el
texto y lo remitió a los editores del Mercurio
Peruano, que se publicaba en la ciudad de
Lima, en el que se lo incluyó en el No. 284,
correspondiente al 22 de septiembre de 1793.
En vista de una copia que hemos obtenido,
sabemos que don José Hipólito Unanue,
antepuso al texto de la lápida la siguiente nota:

13

�NOTICIA DE UNA INSCRIPCION
ENCONTRADA EN LAS
INMEDIACIONES DE CUENCA
Aunque Don Carlos Condamine se quejaba en
su Historia de las famosas Pirámides de Quito
que habían perecido hasta las ruinas de los
inestimables trabajos de los Académicos
destinados a medir los grados del Ecuador,
todavía
subsisten
algunas
preciosos
fragmentos. El tiempo ha tenido mas respeto a
los monumentos de las ciencias que las manos
del hombre. El siguiente ha sido descubierto
por el Doctor Don Pedro Antonio de Córdova
Prebendado de la Santa Iglesia de Cuenca.
¡Ojala que otros muchos imitasen su aplicación
para tener nosotros el honor de recoger los
últimos destrozos, y conservar las respetables
memorias de una de las mas sabias
expediciones que han ilustrado al nuevo
mundo!

14

�15

�16

�Constituyó, pues, ésta la primera publicación,
de la que solamente Caldas da noticia; nadie
hizo referencia a ella en nuestro país, lo que
hace suponer que la publicación fue poco
conocida o que no se dio importancia a este
hallazgo del Canónigo Fernández de Córdova,
ya que permaneció olvidado hasta el año de
1849 en que aparece la reedición del
Semanario de la Nueva Granada, periódico que
redactaba Caldas, en un libro que, en ese año,
publica en París el librero- editor señor A.
Lasserre, propietario de la Librería Castellana,
a solicitud del Coronel don José Acosta quien
proporcionó al editor, además del periódico
citado, algunos manuscritos inéditos de Caldas,
entre los cuales estuvo el Viaje al Corazón de
Barnuevo que contenía la relación de sus viajes
al Sur de Quito, a Cuenca, a Paute (en el
Azuay) y de Quito a Popayán, los que fueron
insertados en la sección Bosquejos Inéditos;
allí Caldas indica que la trascripción publicada
en Lima adolece de errores y proporciona el
texto que él dice ser el exacto:
17

�18

�pero este nuevo texto es incompleto, ya que faltan
cuatro palabras indispensables para integrar la
información que se trata de dar en la lápida, y son
aquellas que hacen relación al instrumento de doce
pies usado en las mediciones. De la comparación
entre el texto dado a conocer por Fernández de
Córdova con el que tenemos de la lápida,
encontramos que las pocas diferencias que existen
en nada influyen en el sentido de la información
sobre las observaciones practicadas por los
académicos: son errores leves, insubstanciales, que
se concretan únicamente a lo siguiente: el haberse
formado dos palabras con la abreviatura NOMDM,
en la segunda línea; el paso a la tercera línea de la
abreviatura CONSECRo. lo que, como se nota
claramente, obedece a que el ancho tipográfico en el
que se ha levantado el texto del periódico, no
permitió incluir esa abreviatura en la misma línea
segunda; igual cosa ocurre con la expresión treinta
en números romanos, en la octava línea; hay dos
abreviaturas a las que se les ha agregado una letra
más; se ha reemplazado la abreviatura de
instrumento por la palabra completa en español; y,
finalmente, consta en números romanos XXVIII en
lugar de XXVIIII, en la última línea; en lo demás
hay absoluta conformidad entre este texto publicado
en Lima y el de la lápida, por lo que cabe
preguntamos: ¿cuáles habrían podido ser los errores
que encontró Caldas, además de los indicados aquí,
para que diese a esa publicación el calificativo de
“mal entendida y desfigurada”?
19

�Muchos años después, don Eduardo Posada
selecciona y edila en Bogotá, en 1912, las
Obras de Caldas, dentro de la colección
“Biblioteca de Historia Nacional” como
volumen IX y allí se reproduce el texto que
consta en la edición francesa de 1849.

Como lo volveremos a ver oportunamente,
desde 1854 se interesó el doctor José Manuel
Rodríguez Parra, Gobernador del Azuay en esa
fecha, en reponer la Lápida de Tarqui; y, en el
No. 128 del periódico oficial El Seis de Marzo,
correspondiente al 14 de noviembre de ese año,
se publica el Informe que dicha autoridad
provincial eleva al señor Ministro del Interior e
instrucción Pública, el 3 de agosto del citado
año, “sobre el estado presente de la instrucción
pública en la provincia”, documento en el que,
al referirse a la Lápida de Tarqui, se incluye el
texto de la placa que se anuncia que se
colocará en la cumbre del cerro Pugumn, en el
valle de Tarqui, sitio en el que, erróneamente,
se creyó que debía haber estado la lápida
original; años después, tanto en el mismo
periódico oficial, en el No. 127, fechado el 14
de octubre de 1856, como en “El Porvenir” que
se editaba en Cuenca, en el número de 29 de
noviembre del mismo año, al publicarse el acta
de la ceremonia de la ocasión de la nueva placa
en el lugar antes indicado, se incluye
nuevamente el texto reproducido
20

�en ella, que es el mismo que apareció en la
edición de París, de 1849 y que era el único
divulgado hasta entonces, ya que pasó
inadvertida la inclusión que se hizo del texto
original en el Mercurio Peruano, tantos años
atrás, en 1793. Hay en aquellas publicaciones
algunas diferencias con el texto de la lápida
original, a las que nos referiremos cuando
volvamos a tratar, en detalle, sobre esta nueva
placa.

En 1875 edita el Padre Juan Bautista Menten.
S. J. el Programa de las lecciones que se darán
en la Escuela Politécnica en el año escolar de
1875 a 1876, al que precede una relación sobre
la Expedición de los Académicos Franceses; y,
al contraerse a los trabajos ejecutados en
Tarqui, expone: “Se midió en el Uano de
Tarqui otra base a fin de poder comparar el
resultado del cálculo con la medida directa. El
Observatorio para medir el arco celeste se
había establecido en una hacienda inmediata
perteneciente a un señor Sampértegui. Allí dejó
La Condamine esculpida en mármol blanco la
inscripción siguiente” y transcribe, con
exactitud, el mismo texto que está publicado en
la obra de Caldas, en 1849; pues,
indudablemente, lo tomó de aquel libro.
En el año 1886 el Padre Menten presenta al
21

�Gobierno Ecuatoriano su Informe sobre la
Lápida de Tarqui, y que se lo inserta en “El
Progreso” que circula en Cuenca, en el No. 67,
de fecha lo. de enero de 1887: en tal
documento consta el texto completo de la
lápida que le había proporcionado ya el doctor
Alberto Muñoz Vernaza, en 1885, además de
que también la tuvo a la vista el Padre Menten;
pues, ya había sido devuelta a la ciudad de
Cuenca.
Cronológicamente, esta es la segunda
publicación que se hace del texto auténtico y
en esta transcripción el Padre Menten incluye
el año 1792; pero, como lo veremos en el
momento oportuno, él niega la autenticidad de
esta grabación. En lo demás, el texto está
completo, aunque la división de las líneas varía
por la dificultad que presenta el reducido ancho
de la columna del periódico para poder
transcribirlas con todas las palabras del texto
original; además, hay la omisión de unas letras
pero que, de ninguna manera, cambian el
sentido del texto que se ofrece.
El historiador don Pedro Fermín Cevallos, en
el tomo sexto de su Resumen de la Historia del
Ecuador, editado en Guayaquil en 1889, en el
capítulo correspondiente a la Provincia del
Azuay, hace alusión a esta lápida y en el texto
que transcribe agrega las cuatro palabras que se
habían omitido cuando se publicó la versión
de22

�jada por Caldas y lo hace con la observación de
“o que fue natural descuido del copiante u
omisión de los cajistas”, salvando así la
responsabilidad de Caldas por el error habido
cuando se editó el texto por él consignado en
sus manuscritos. Para el año 1889, en que se
conoció la Historia de Cevallos, ya se había
publicado el Informe del Padre Menten al que
hicimos referencia. En esta publicación de
Cevallos hay también pocos y leves errores a
los que no hace falta referirse en detalle por lo
intrascendental de ellos y que obedecen a
dificultades tipográficas para su exacta
trascripción.
En el No. 485 del semanario de Cuenca La
Alianza Obrera, del 8 de abril de 1915, el
doctor Tomás Vega Toral, en una brevísima
nota con respecto al cerro Puguín, ya llamado
Francesurco y a la lápida colocada en ese sitio,
señala que el texto lo transcribe del publicado
por el Padre Menten en “El Progreso”, pero
agrega el año 1792 aunque esta fecha no la
toma en cuenta en la versión española que de
inmediato ofrece; la disposición de las líneas es
totalmente arbitraria y hay error al expresar, en
números romanos, la cifra 10550, en la sexta
línea.
En el No. 4 del Boletín de la Biblioteca Na23

�cional del Ecuador, que circula en noviembre
de 1918, el señor Jorge Ladívar Ugarte,
continuando con su interesante estudio sobre
Epigrafía Quiteña, se concreta a la que hace
relación a la Misión Geodésica Francesa y
transcribe el texto que fue dado a conocer en la
publicación de la obra de Caldas, e incurre en
cambios de letras en las líneas sexta y
undécima.
Pueden haber otras publicaciones y algunas
más que conocemos no se refieren a ninguna
investigación especial sobre el tema que nos
ocupa, razón por la que no es de imperiosa
necesidad referirnos ahora a ellas.
El estudio sobre la Lápida de Tarqui, que sí
amerita el examinarlo detalladamente, es el del
doctor Octavio Cordero Palacios, afanado
investigador de nuestra historia, de manera
especial de la referente al Azuay, quien, en
1927, hace una detallada comparación entre el
texto auténtico de la lápida que ya había sido
traída de Bogotá y que, a esa fecha, se
encontraba en la Secretaría de Gobernación del
Azuay, y el publicado de Caldas; comienza
asegurando que ese texto fue incluido por
aquel en el Semanario de la Nueva Granada, lo
que, en realidad, no ocurrió, y transcribe el que
él dice ser el exacto, anotando nueve errores en
los que afirma haber incurrido Caldas; y,
además, agrega el año
24

�25

�1792 que aparece a la izquierda, a la altura de
la séptima línea.
Posteriormente a esta publicación, interviene el
doctor Alberto Muñoz Vernaza, y opina que la
trascripción del doctor Cordero Palacios
tampoco es la exacta; le anota cuatro
diferencias con el texto de la lápida; y, por
haber cambiado el doctor Cordero Palacios la
letra griega con la que nomina a la estrella
observada, dice: “En la copia Bayero Z, que es
un error substancial. No hallamos la
explicación de haber cambiado el nombre de la
estrella observada, O (theta griega) del original
con la Z (dzta, id), de la copia”, Expresa que
no son errores algunos de los que el doctor
Cordero Palacios atribuye a Caldas, y apunta:
“Parece, pues, que todavía estamos en el caso
de dar una nueva versión literal, fiel y exacta
de la tan asendereada Lápida de Tarqui” y de la
que él lo ha tomado directamente de la piedra;
no obstante, se encuentran algunas faltas
relacionadas con la puntuación; y, con esa
oportunidad, comunica las dimensiones de la
placa: 55,5 ctms. de largo, por 51.5 ctms. de
ancho; 8,5 ctms. de espesor y cinco arrobas,
diez libras de peso.
El doctor Muñoz Vernaza reconoce que en la
publicación que se efectuó del texto que Caldas
incorporó a su relación del viaje a Cuenca hay
omisión de algunas palabras; y, muy
atinadamente, da una explicación apropiada, al
aclarar

26

�que aquella relación no fue publicada por su
autor en el Semanario de la Nueva Granada
que lo redactaba entre los años 1808 y 1810 y
que sólo se conoció después de veintitrés años
de la muerte de Caldas y que, por lo tanto, no
es posible atribuirle errores o supresiones que
pudieron ser obra de los impresores y no del
original. Es muy acertada esta explicación;
pues, no cabe suponer que tratándose de Caldas
y que teniendo él a la vista la lápida, haya
omitido tres palabras en la novena línea: SUNT
INSTRUM. DODECAPEDALI y la primera de
la línea siguiente: ¡MSTANTIAE, con las que
se hace referencia, precisamente, al número de
pies del instrumento con el que se hicieron las
mediciones; pues, según él mismo lo asevera la
ha “copiado con la mayor fidelidad”.
Participa también en la discusión sobre la
Lápida de Tarqui el doctor Agustín Iglesias,
notable hombre de ciencia, versado en
matemáticas, astronomía, geodesia y ciencias
afines; y, luego de concretarse a las pirámides
de Caraburo y Oyambaro, considera que era
natural que al fin de los trabajos también
indicaran los académicos el término austral del
arco meridiano medido y asevera que “la
Lápida de Tarqui completa el pensamiento de
los académicos” y transcribe el texto,
haciéndolo también con el año 1792, al que se
referirá en otra parte de su estudio,
27

�como lo veremos. Con variados y abundantes
razonamientos que se relacionan con temas
geodésicos y
astronómicos; con los
instrumentos usados en la investigación
cumplida por los científicos; con aspectos
gramaticales del texto de la lápida y con otros
detalles más de carácter científico en tomo a la
geodesia y la astronomía, se concreta a revisar
detenidamente todos los conceptos emitidos
por el doctor Cordero Palacios cuando éste
hace la crítica del texto publicado de Caldas y
anota los errores en que también incurre aquel,
no obstante de las normas que, muy
acertadamente da el mismo doctor Cordero
Palacios, acerca de la forma cómo deben
hacerse las transcripciones de un texto
lapidario, cuando dice: “. . se trata de una
inscripción lapidaria, en estilo así mismo
lapidario, cuya copia debe ser hecha como por
fotografía línea a línea, letra a letra, signo
ortográfico a signo ortográfico, sobre todo si el
copista es hombre entendido y se trata de
puntos científicos, sin caer en la injustificada
tentación de hacer enmiendas, correcciones o
suple turras de deficiencias, y esto aún cuando
fuera cierto y evidente que algo hubiere de
enmendarse, corregir- se o suplirse, porque
nadie es dueño del original que copia”.
También el doctor Iglesias está conforme con
el doctor Muñoz Vernaza en no justificar al
doctor Cordero Palacios por el cambio que
hace de la letra griega de la estrella observada,
cuando señala: “Con suma diligencia, hemos
buscado
28

�en varias esferas celestes la estrella Z, y no la
hemos hallado. Pero, a 301o. de longitud, o sea
a 20 horas, 4 m. de ascensión recta, y entre uno
a dos grados de declinación austral se
encuentra una estrella marcada con la letra
griega O, cabalmente de la mano de Antinoi.
Ya el doctor Muñoz Vernaza tuvo cuidado de
anotar este error substancial en la copia tomada
por el doctor Cordero P., “no obstante de haber
tenido ante sus ojos la lápida, yerro en que
reincide cuantas veces se le ocurre nombrar a
esa estrella, que es diez y ocho veces. Así que,
el doctor Cordero P., sube a su estrella dos
puntos más del que corresponde en el sistema
de Bayer”.
En mayo de 1936, en el No. V de la Revista
Municipal de Cuenca El Tres de Noviembre,
publica el señor Víctor Manuel Albornoz el
texto de la lápida tomándolo con exactitud de
ella; transcribe también el año 1792, aunque
luego impugnará su grabación; este texto está
también conforme con el que usa el doctor
Iglesias a lo largo de su estudio.
En varias de las publicaciones que se han
efectuado, las diferencias débense a causas
tipográficas; algunas líneas del texto no
pudieron ser transcritas en toda su extensión,
sino que tuvieron que dividirse, sin que se haya
indicado esta circunstancia en la forma como
debió hacerse;
29

�también la falta en tipografía de los signos
griegos, hizo que se prescinda de ellos o que se
haga uso de las letras del alfabeto castellano.
***
Hoy, pueden verificarse las diversas
publicaciones que se han efectuado del texto de
la Lápida de Tarqui con el real que consta en
ella, por cuanto se la conserva incrustada en el
muro de una de las salas del Museo Municipal
“Remigio Crespo Toral”, de la ciudad de
Cuenca, después de haber permanecido, desde
su regreso de Bogo- té, en 1885, y por algunos
años, en la Secretaría de la Gobernación del
Azuay; y, posteriormente, desde 1936, hasta
1971, en el frontis de la antigua Catedral de
Cuenca. Siguiendo la atinada norma dada por
el doctor Cordero Palacios para efectuar una
trascripción lapidaria, hemos obtenido la
siguiente:
30

�31

�II LOS AUTORES DE LA LÁPIDA

También ha suscitado controversia el
determinar al autor de la lápida; y, al decir
autor, nos referimos a la persona que redactó el
texto y no a quien haya hecho, materialmente,
la grabación en la piedra, que ello es
secundario. El doctor Cordero Palacios,
teniendo como principal argumento el año
1792 que aparece en la placa hacia el margen
izquierdo, a la altura de la séptima línea, aduce
que ese año no corresponde al de las
observaciones practicadas por los científicos
que estuvieron en Tarqui; que ellas tuvieron
lugar, la primera en 1739 y que resultó
inexacta y la segunda, en 1742, cuando se
reiteró la observación, y termina afirmando que
la placa fue grabada después de cincuenta y
tres o cuarenta y nueve años, respectivamente,
con relación a los años citados en los que se
hicieron las observaciones anotadas; por lo
que, otra persona, que no fueron los
académicos, es el autor de la inscripción; ya
que, además, ninguno de ellos hace referencia
33

�a la lápida en los libros que publicaron sobre su
actividad científica una vez concluida la
misión. Por haber omitido Caldas el año 1792
en la trascripción del texto proporcionado por
él, el doctor Cordero Palacios anota “que no
obstante de haberla tenido consigo el señor
Caldas, en el Observatorio Astronómico de
Bogotá, no ha querido o no ha sabido leer
como es debido”.
En las publicaciones que se han realizado del
texto de la lápida, solamente el doctor Cordero
Palacios considera el año 1792 como una
grabación auténtica y le concede importancia
pasa, fundándose en ello, decir que los
académicos no son los autores de la lápida;
pero existe una notoria diferencia entre la
manera cómo se ha grabado todo el texto y la
forma, casi imperceptible, cómo se ha
ejecutado la inscripción del año 1792. El
doctor Muñoz Vemaza, concretándose a este
argumento del doctor Cordero Palacios,
responde: “Mas, salta a la vista que, este año
1792, es un adminículo que no pertenece al
grabado original o primitivo, sino que ha sido
grabado con posterioridad” —y sigue— “este
aditamento del año difiere por completo del
texto de la lápida, ya que el cuerpo de la
inscripción es un buen grabado profundo, a
buril o cincel, mientras que aquel es algo como
un ligero raspado con instrumento punzante,
quizás un clavo o una mala navaja” —y
agrega— “si perteneciere al cuerpo de la
inscrip
34

�ción original estaría esta fecha en letras
numerales MDXXXXVIIII como las demás del
texto y no en caracteres comunes o arábigos. Si
loa que han copiado la inscripción, como
Caldas, por ejemplo, han prescindido del
apéndice del año 1792, no es porque no lo
hayan leído, sino porque no lo reputaban
auténtico, que no lo es en realidad”.
Consideramos que, por esta fundada razón, el
doctor Muñoz Vernaza prescinde del año en la
trascripción que, con el carácter de definitiva,
hace del texto de la lápida.
El Padre Menten, al estudiar la lápida, cuando
fue devuelta de Bogotá, indica: “que está bien
grabada como aquella del Observatorio (de
Quito) en estilo lapidario de aquel tiempo,
excepto la palabra Año. 1792 que se ha
añadido después en letra menuda”. (Cabe aquí
rectificar a una publicación realizada hace
poco, en la que se tomaba a estas palabras
como dichas por Caldas y que tampoco hay
porqué deducir, que la clara referencia que se
hace a la placa que está en el Observatorio
Astronómico, corresponde a las placas
destinadas a las pirámides de Yaruquí).
Dijimos que el doctor Iglesias insertó el año
1792 en el texto de la lápida por él dado a
conocer; pero, luego, aclara que esa grabación
no es auténtica; que, por estar cercenada la
piedra al pie de la línea trece, no se puede
saber con precisión la fecha; y, a la inscripción
del año la
35

�considera como “un adminículo que desdice
del estilo lapidario, percude la majestad del
buen latín y afta el artístico grabado. ¡Cómo la
sana crítica ha de considerar unas palabras
castellanas mal grabadas como parte integrante
de una elegante transcripción latina!”. Sigue
refiriéndose al año y dice: “Ese Año. l792
abreviatura castellana de año, que la latín a es
Ann. —en las lápidas de Yaruquí— no es,
evidentemente de la inscripci6n, porque el
buen latín exige que la fecha se ponga en
números romanos o latinos; aún en libros
dados a la estampa, cuánto más en una loza.
¡Cuán feo aspecto da a la lápida el Ano. 1792
raspado superficialmente, al frente de IN
LINEA!”; y, como Caldas tampoco hizo la
menor referencia al año 1792, el doctor Iglesias
le justifica con esta palabra: “Caldas procedió
como un sabio al despreciar semejante
adefesio”. Refiriéndose, con este motivo, a La
Condamine, agrega: “La Condamine, en eso de
grabados fue harto nimio, como lo comprueba
en el de la lápida de Quito. El, personalmente
compasaba las líneas y los espacios, dibujaba
con la más exacta precisión las letras, los
puntos y las comas, de suerte que el grabador
no tenía otra cosa que pasar con el buril. Tal es
la perfección del grabado de la lápida de
Tarqui, que es un modelo de una obra artística,
menos en el aspecto del año 1792; y, en alusión
a la crítica que hace el doctor Muñoz Vernaza
al aditamento del año, el doctor Iglesias
apunta: “El buen sentido protesta por medio
del doctor Muñoz Vernaza”;
36

�37

�y, al ver que el doctor Cordero Palacios no
transcribe el año en la traducción que ofrece
del texto, se pregunta: “Por qué se omite una
fecha tan esencial y ponderada’ ; él hace una
traducción en la que toma en cuenta el año,
sólo para demostrar que tal inclusión nada
significa para el sentido del texto y que esa
fecha queda inmotivada al incorporarla.
Pero el doctor Iglesias no sólo que se contenta
con demostrar la falta de autenticidad del
grabado el año, sino que hace conjeturas para
determinar la posible época en la que se realizó
la inscripción de la lápida, y asevera: “que
merece credibilidad” el año indicado por
Caldas de 1742, por el número prodigioso de
observaciones de la estrella Antinoo hechas por
ese científico; señala que “también hay
probabilidad del año 1740 por cuanto Bouger y
La Condamine terminaron sus trabajos
geodésicos en agosto de 1739 y, cuando debían
hacer las observaciones astronómicas, ocurrió
la trágica muerte de Seniergues, por lo que las
suspendieron para reanudarlas en octubre y
concluirlas en enero de 1740, habiendo
quedado La Condamine 16 días, tiempo
suficiente para haber grabado la lápida”. En
base de las fechas de las pirámides de Yaruquí,
en las que se ha grabado la que corresponde al
mes en que terminaron la mensura de la base,
cree que igual cosa debían haber hecho
respecto a la lápida de Tarqui, y se pronuncia
porque son tres esas épocas: “El año 1740 di
38

�ce— cuando de común acuerdo dieron por
terminadas aquellas observaciones; el año 1741
al 1743 en que Bouger observó sólo en Tarqui,
aquel año y en Cochasquí, este año; y en 1743,
hasta el 25 de abril, la segunda vez que observó
en Tarqui La Condamine”.
El mismo doctor Iglesias nos proporciona una
valiosa información que la toma del libro que
escribió el doctor Manuel Coronel con el título:
La Muerte de Seniergues. Leyenda Histórica, y
que fue editado en 1906, y es la siguiente:
- - el día que se concluyó el trabajo geométrico
terrestre, fue para los académicos un día de
regoseijo. Para ello fueron invitados los
RR.PP. jesuitas Jerónimo Herse, Félix Moreno
y el Hermano Antonio Salas; el Corregidor y
Justicia Mayor D. Matías Dávila y el Alcalde
D. Nicolás Palacios y Cevallos; los Oficiales
Españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa; y
con la asistencia de los franceses Dr. José
Jessieu, Juan Seniergues, José Verguín, Mr.
Moranviile y el relojero Hugot y de nuestro
compatriota don Pedro Vicente Maldonado.
Entonces se trató de las estrellas que debían ser
observadas y de la inscripción de la lápida.
Estos particulares constan en un documento
histórico del P. Félix Moreno, uno de los
invitados, y que lo ha conservado el doctor
Manuel Coronel, quien proporcionó también al
historiador González Suárez el proceso de la
muerte de Seniergues. –
Don Víctor Manuel Albornoz también con39

�cuerda con la falta de autenticidad del año
1792, y advierte: “Tampoco consideramos
admisible la creencia de que la piedra fue
esculpida sólo en 1792, como dice el mismo
doctor Cordero Palacios. Salta a la vista que la
fecha mencionada está puesta en la lápida con
posterioridad al resto de la inscripción. Lo
manifiesta así el lugar inadecuado en que se la
ha escrito, la inseguridad del trazo en la línea,
que no está de acuerdo con el resto, y la
abreviatura AN., cuya terminación indica que
la palabra se ha expresado en castellano, siendo
así que era forzoso ponerla en latín”. En la
traducción que ofrece el señor Albornoz,
prescinde del año.
A la indicación del doctor Cordero Palacios
acerca de la ninguna referencia que hay de la
lápida en los libros de los académicos, el
doctor Muñoz Vernaza también consigna su
extrañeza sobre este hecho, especialmente de
parte de La Condainine, quien en su libro
Journal des Voyages. - - etc., nada dice al
respecto “a pesar de que se ocupa en minucias
tales como el color de los vestidos que en sus
fiestas lucían los indios en Tarqui” y encuentra
dos razones para que los académicos hayan
guardado silencio en sus libros a ese respecto:
“la primera —expone— es la de que quizás los
datos tomados y consignados en las
observaciones de 1739 resultaron equivocados
con las comparaciones de 1741-43, y que la
40

�piedra que contenía la inscripción se rompió e
inutilizó las líneas finales, razón por la que talvez La Condamine, encargado de los trabajos,
la desechó y la abandonó”, por lo que juzga
“muy atendible” la opinión del Padre Menten
quien considera incompleto el texto de la
lápida, por estar cercenada la parte inferior. La
segunda razón la relaciona con el hecho del
distanciamiento que existía entre La
Condamine y Bouger, quienes regresaron a
Europa separadamente, desacuerdo que
perdurará aún después de llegados a ese
continente, agregado con el enconado pleito
que se entabló en tomo .a las leyendas de las
placas de los monumentos de Yaruquí, y
termina señalando que “le parece evidente que
los académicos franceses fueron los autores de
la lápida, primero: porque en ellas están
consignadas las observaciones contenidas en
los datos científicos publicados por ellos
mismos; segundo: porque en toda la
Presidencia de Quito no había entonces una
persona capaz de hacer este trabajo, sin que
existiera tradición o documentos sobre la
venida de algún viajero extranjero que pudiera
haberlo ejecutado; y, tercero: porque así lo han
asegurado cuantos han tratado de este asunto”
y corrobora sus asertos con la referencia que
hace al Canónigo Fernández de Córdova, quien
copió la inscripción, y a Caldas, ya que ambos
indicaron ser obra de los académicos.
Considera el doctor Muñoz Vernaza como
documento que desvanece toda duda, el hecho
de que en el Informe sobre Cuenca del
Corregidor
41

�Merisalde de Santistevan, en 1765 y publicado
en algunas ocasiones, al describirse la situación
de la ciudad, se dice en el capítulo primero:
“La ciudad de Cuenca, perteneciente al reino
del Perú se halla situada a dos grados,
cincuenta y tres minutos y cuarenta y nueve
segundos de longitud austral y en doscientos
noventa y siete grados, cuarenta y seis minutos
de longitud respecto a la Meridina de
Tenerife”; y que, en una copia de dicho
Informe que la conoció en la Biblioteca
Nacional de Bogotá, esos datos eran diversos,
por lo que, en tal copia, habían varias notas, de
1763, que las consideraba escritas por el
Gobernador Vallejo o por algún empleado de
la Gobernación, por la caligrafía empleada; y,
en la primera de ellas, se ratificaba los datos
dados por el Corregidor Merisalde de
Santistevan y se rectificaba los que aparecían
en aquella copia, la nota decía: “La inscripción
que se ha puesto por cabeza en esta Relación es
fiel copia de la que dejaron los académicos de
las Ciencias. D. Jorge Juan, D. Antonio de.
Ulloa y Mr. de La Condamine, manifiesta y fija
la situación que esta ciudad goza en el cuadro
de nuestro globo, por consiguiente, es diversa
de la que aquí se da” y finaliza el doctor
Muñoz Vernaza con este comentario: “Se ve,
pues, por esta trascripción, que según los
Gobernantes de Cuenca, más próximos a la
época en que fue grabada la lápida, ésta fue
obra de los académicos que verificaron la
triangulación en Tarqui”.
42

�Acerca de este punto, el doctor Iglesias,
después de practicar varias operaciones
aritméticas para comprobar la exactitud de la
distancia constante en la lápida entre Tarqui y
la Torre de la iglesia matriz de Cuenca que
aparece en la Relación de Merisalde, anota: “Si
comparamos ahora la latitud de Cuenca
obtenida por Godin, Juan y Ulloa con el cuarto
de círculo, 2o., 53’ y 49” y con la obtenida por
los mismos con el instrumento de veinte pies,
2o., 54’, 47”, la que acabamos de deducir
mediante el método geodésico, es un término
medio de las obtenidas astronómicamente por
aquellos. Por lo tanto, el doctor Muñoz
Vernaza, tuvo motivo al referirse al Informe
del Corregidor Merisalve de Santistevan y a la
nota del tiempo del Gobernador Vallejo, para
demostrar que la latitud de Cuenca, dada por
Merisalde, correspondió a los datos
consignados en la lápida, ya que el Informe del
Corregidor se publicó en 1765, es decir
veintisiete años antes del rasguño de 1792”.
Cuando el Padre Menten se refiere al silencio
de los científicos sobre la lápida en los libros
por ellos escritos, manifiesta haber revisado
detenidamente las dos obras de La Condamine;
el libro de Bouger sobre la figura de la tierra y
las Observaciones Astronómicas y la Relación
Histórica del Viaje a la América Meridional de
Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Reconoce que
la lápida está bien grabada y, una de las
conclusiones de Informe de 1886, es: “Los
datos de la inscnip43

�ción son sin embargo muy positivos y
valederos,
señalando
exactamente
las
observaciones de La Condamine; mas la
posición de la única estrella que da la lápida
corresponde perfectamente al observatorio de
Tarqui, lo que nos prueba que debe proceder de
un hombre científico que estaba al corriente de
las observaciones de La Condamine o Bouger,
si no es de ellos mismos”. (El subrayado en
nuestro, y también lo hace el historiador
Cevallos cuando transcribe este enunciado del
Padre Menten).
También el doctor Iglesias se concreta a
examinar el silencio de los académicos sobre la
lápida; y, refutando el argumento del doctor
Cordero Palacios cuando éste invoca a su favor
aquel silencio, manifiesta: “El silencio es un
concepto negativo, nada prueba en favor ni en
contra. Cuántas cosas se callan, y no por eso
dejan de ser ciertas; antes, una prudente reserva
sirve de escudo a la verdad”; y, en otro pasaje
de su magistral estudio, dice al respecto:
“Ciertamente, callan las historias prolijas y
fatigosas de La Condamine y Ulloa, pero
hablan y muy alto los hechos conocidos por
todos: habla un libro de piedra”.
Don Víctor Manuel Albornoz, a propósito de
este punto, escribe: “Hay otro punto digno de
ser tomado en cuenta. La Condamine y
Bouger, según relatan ellos mismos,
convinieron en no citar las observaciones
hechas por ellos en Tarqui, por cuanto las de
uno y otro no coincidieron con exactitud
matemática”
44

�En su ya citado Informe, el Padre Menten
afirma que no quiso traducir el texto de la
inscripción de la lápida cuando la incluyó en el
Programa publicado en 1875, porque “la
inscripción no daba sentido y no había
entonces modo de hacer observación alguna”;
y se explica mayormente la falta de la
traducción, por cuanto el texto que él insertó en
su publicación, fue el que conoció incompleto
y corresponde al proporcionado por Caldas;
por lo que, al enunciar el texto auténtico,
teniendo a la vista la lápida, señala con un
paréntesis lo que aparece omitido en aquel y
que él lo copió literalmente en 1875; texto en
el que se habla de la distancia de varias
estrellas, indicándose, sólo de la de Antinoo.
Del examen que hace de la placa de mármol
encuentra que “mientras los tres lados están
labrados y en igual distancia de las Letras, el
cuarto está groseramente cortado debajo de las
letras, de modo que, sin lugar a duda, falta a la
piedra una parte notable, lo que de antemano
ya era seguro por el sentido de la inscripción”
—e indica, además— “que más o menos puede
calcularse lo que falta. Serán las distancias de
las dos estrellas E Orions y H Aquaril, y
además el año de la inscripción y su autor”.
A estas palabras del Padre Menten, el doctor
Cordero Palacios, reconociendo que fueron tres
las estrellas observadas por los científicos, a45

�firma que “basta una estrella cualquiera, si los
sabios acostumbran observar dos o más, es sólo
para asegurarse del resultado de la operación;
que consta de las obras de Juan y Ulloa que
fueron tres las estrellas observadas, pero de
esto no se deduce la necesidad de que en la
lápida se hiciese constar la referencia a todas
tres” —y concluye— “que el autor de la
inscripción sus razones tendría, dio preferencia
a la Z Antinoo y acabóse. Porque no se diga
nada de las dos primeras estrellas en la lápida,
para nada valdrá lo que se dice de la tercera?
No, de ninguna manera”.
Examinado detenidamente este argumento del
doctor Cordero Palacios, no habrá en estas
frases algo más que un tácito reconocimiento
de que la lápida fue obra de las mismas
personas que hicieron las observaciones, o sea
de los académicos, hecho tan rotundamente
negado por él?
A la expresión del Padre Menten de que en la
lápida no hay la indicación del autor y del año
de la inscripción, lo que, a su juicio, era
necesario que constase, el doctor Cordero
Palacios contesta en estos términos: “Con que
la inscripción esté buena, poco importa en el
terreno de la ciencia el nombre del autor,
replicamos, por una parte; por otra, por lo que
respecta al año, no hacemos sino admirarnos de
que Menten, a. la par que Caldas, no lo
hubieran visto, el más mio46

�47

�pe puede leer esos caracteres en corto tamaño,
sí, pero demasiados claros: Ano. 1792”; y, de
esta manera el doctor Cordero Palacios insiste,
una vez más, en la autenticidad del año que
apenas se lo puede leer en la lápida.
El doctor Iglesias también
comenta
ampliamente la cita que se hace en la lápida a
sólo una de las estrellas observadas, así como a
lo dicho por el doctor Cordero Palacios a ese
respecto; cita a Mons. González Suárez quien
enumeró las estrellas observadas: la E de
Orion; O de Antinoo y la de Acuario; se refiere
a los libros de Bouger, al Diario de La
Condamine y, especialmente, a la Relación de
Juan y Ulloa quienes, concretamente, indican
haber observado las mismas tres estrellas
nominadas por Mns. González y declara que
“no está en lo justo el doctor Cordero Palacios
cuando afirma rotundamente que basta una
estrella cualquiera”.
En su interés en sostener que la lápida de
Tarqui no es obra de los académicos, el doctor
Cordero Palacios nuevamente acude a Caldas
quien, en su relación del viaje a Cuenca, nos
cuenta que encontró en esa ciudad un teodolito
ejecutado por los artistas Nairne y Blunt y
perfectamente conservado en la casa del
Canónigo Doctoral Domingo Delgado, así
como un barómetro, acompañado en la parte
supe48

�rior de un hidrómetro y en la parte inferior de
un termómetro que es de los mismos artistas, y
también una cadena geométrica, expresando su
admiración de cómo en Cuenca se hallan
instrumentos de que no pueden gloriarse Santa
Fe ni Quito y se pregunta: “Cómo han venido
estos instrumentos a unos lugares en que no
existe un geómetra ni un físico”, de lo que el
doctor Cordero Palacios deduce que los autores
de la lápida pudieron ser el señor Francisco
Astudillo o don Pedro García de la Vera; y,
para elio, recurre a la Defensa de Cuenca que
escribió el Padre Vicente Solano, en 1851,
precisamente en refutación a los conceptos de
Caldas sobre Cuenca en su relación del viaje a
esa ciudad, cuando apareció publicada en
1849; pues, el Padre Solano da el siguiente
dato que lo transcribe el doctor Cordero
Palacios: que don Pedro Unda fue un hombre
versado en matemáticas y principalmente en
trigonometría quien importó a Londres varios
instrumentos, entre ellos, el barómetro, el
teodolito, el telescopio y la cadena geométrica
fabricados por Nairne y Blunt y que son los
que vio el señor Caldas, habiendo don Pedro
Unda dejado discípulos entre los cuales Solano
conoció a don Francisco Astudillo, “inteligente
en la geometría, autor de un plano de la
Provincia del Azuay levantado por orden del
Gobernador Aymerich” y que en ese tiempo
vivía don Pedro García de la Vera, “cuyas
observaciones sobre el cinabrio las llamó
sabias el Barón de Humboldt”. A esta
aseveración
49

�del doctor Cordero Palacios, el doctor Muñoz
Vernaza replica en el sentido de que el Padre
Solano, que conoció a los señores Astudillo y
García de la Vera y los trató, habría sido el
primero en saber si alguno de ellos fue el autor
del texto de la lápida; y, de considerarlo así, lo
hubiese manifestado en su folleto de refutación
a Caldas; y, además, ¿cómo no iban a saberlo
el Canónigo Fernández de Córdova o el
Gobernador Vallejo, quien se supone fue el
autor de la nota consignada en la copia de la
Relación de Merisalde que la vio en la
Biblioteca Nacional de Bogotá?
El doctor Iglesias tras de hacer una
enumeración detallada de todas las penalidades
que soportaron los científicos durante sus
trabajos, se pregunta: “¡No habrían de celebrar
el triunfo colocando en el término de la jornada
una piedra blanca encontrada en el mismo
lugar de la observación? La lápida de Tarqui
pregona al mundo entero la abnegación,
constancia y heroísmo de los sabios geodestas.
¿Quién, al leer la inscripción no sentirá su alma
llena y penetrada de la memoria de sacrificios
tan extraordinarios? ¡Gloria y honor a la
Ciencia y a sus cultivadores!” y, este versado
autor, continuando con el tema, dice: “La
Lápida de Tarqui tiene el mismo lenguaje, el
mismo sentido, el mismo propósito, la misma
forma artística no parece sino que la
50

�misma persona que mandó grabar las de
Caraburo y Oyambaro mandara también a
ejecutar la de Tarqui”. Hace referencia al
concepto que el Marqués de Villa Umbrosa,
don José Pardo y Figueroa le expresó a La
Condamine, desde el Cuzco, cuando decír
“Están muy romanas y con la majestad que
pide el estilo lapidario que comprende mucho
en poco” y el doctor Iglesia agregar “lo que se
debe, por igual, aplicar a la de Tarqui”; y es de
la opinión de que ella constituye un todo
orgánico e íntimamente ligado con las lápidas
de Caraburo y Oyanibaro; que no puede
separarse sin mutilar sus sentidos, y éstas son
sus palabras: “La Lápida de Caraburo es el
Polo Norte y la de Tarqui el Polo Sur del
mundo descubierto por Bouger y La
Condamine”.
Este mismo autor entra, luego, al estudio del
sentido de la lápida y para ello, con eruditas
consideraciones, propias de sus amplios
conocimientos sobre la materia, se concreta a
las dos proporciones principales que contiene
la lápida y considera que, separadas entre sí
por un punto ortográfico, son: “la primera —
dice— relativa a la geomorfía terrestre y
consiste en señalar con precisión el extremo
austral del meridiano” todo lo que manifiesta
estar expresado con claridad en los primeros
renglones de la inscripción, y proporciona la
traducción de las nueve primeras líneas del
texto y es la siguiente:
51

�52

�Aclara que la distancia está referida a la torre;
el ángulo al meridiano, de Sur a Occidente,
porque está Cuenca al Norte de Tarqui; el
ángulo es el opuesto al vértice”; y trata luego
de la otra proposición: “La segunda
proposición mira a la Geomorfía Astronómica,
no sólo necesaria para el señalamiento del
lugar en relación a las estrellas, sino también,
fundamentalmente, para indicar la latitud del
punto de observación, dato indispensable para
la resolución del problema de amplitud del
meridiano. Esto se encuentra en los últimos
renglones” y trae la siguiente traducción de las
cinco líneas finales del texto de la lápida:
53

�54

�Seguidamente el doctor Cordero Palacios
asegura la necesidad de que en el terreno de la
astronomía se indique el tamaño del
instrumento con el que se hace una
observación de grados, ya que tal observación
tiene mayor exactitud mientras mayor sea el
tamaño del instrumento, se concreta a lo
expresado en la lápida y enuncia: “se nos ha
querido indicar que las observaciones
astronómicas de Bouger y La Condamine en
Tarqui fueron hechas con un instrumento
relativamente pequeño de sólo doce pies, y no
con un grande de veinte, como el que, por el
mismo tiempo, usaban para las observaciones,
en Cuenca, los señores Godin, Juan y Ulloa”.
De manera detallada el doctor Iglesias estudia
lo relativo a los instrumentos usados por los
académicos en sus observaciones; y, con los
datos consignados por ellos mismos,
especialmente en el Diario de Viaje de La
Condamine; con los textos de las lápidas de las
pirámides de Yaruquí, la de Tarqui y la
destinada al muro del templo de la Compañía
de Jesús en Quito y que se encuentra en el
Observatorio Astronómico de esta ciudad,
demuestra que los científicos sí usaron un
instrumento de doce pies y transcribe el texto
de la línea 23 de esta última placa:

55

�afirmando que “de este instrumento, consta
también, que La Condamine usó en Tarqui en
las diversas observaciones que hizo”. Los
académicos también ocuparon un instrumento
de veinte pies, pero éste fue construido en
Cuenca, bajo la dirección de Godin y con las
indicaciones de Ulloa y Juan y el doctor
Iglesias da el dato de que “por grande y pesado
no era traído y llevado donde quiera; pues La
Condamine intentó llevarlo a Tarqui, habiendo
fracasado en su intento”. Este instrumento fue
instalado en una casa que distaba a doscientos
metros de la iglesia matriz de la ciudad, en la
intersección de las calles Luís Cordero y Juan
Jaramillo y que, en la actualidad es de
propiedad de los herederos del señor Carlos
Dávila Molina, quien adquirió a los
descendientes del doctor Leooldo Espinosa
Cobos, sitio éste que debería ser recordado
también de alguna manera.
Ante la hipótesis del doctor Cordero Palacios
de que el instrumento de doce pies usado para
las mediciones, fue el teodolito que Caldas vio
en Cuenca y que de él se sirvió alguna de las
personas a quienes considera como autor de la
lápida, el doctor Iglesias nos relata que él, por
dos ocasiones, usó aquel teodolito que lo
proporcionó el doctor Antonio J. Valdivieso
quien llegó a ser el dueño de ese instrumento y
que “a lo sumo tendría ocho centímetros”.
Acerca de la cadena geométrica que había sido
importada por don Pedro Unda, expresa que
ella tampoco
56

�corresponde a la inscripción latina, ya que en la
placa se habla de la toesa, medida que, por
primera vez, era usada en el Ecuador, ya que
fue prescrita por la Academia de Ciencias de
París para que haya uniformidad con los
resultados de las operaciones hechas en
Laponia y en nuestro país. Luego de decirnos
cómo era la toesa traída por los franceses, del
cuidado que se tenía para que el calor no
alterase la medición, y que era desconocida en
España, por lo que Jorge Juan llevó a Madrid
un tipo para determinar la relación con la vara
de Burgos, se preguntó: “Con qué toesa
mediría el cuencano la distancia de Tarqui a
Cuenca?, por lo que considera que “es un
anacronismo aseverar que de esos instrumentos
se sirvieron los autores del grabado”. De esta
información que da el doctor Iglesias; del
amplio detalle que proporciona sobre los
instrumentos usados por los académicos, así
como de la exhaustiva comparación que hace
de éstos con los que el Padre Solano indica que
los tuvo don Pedro Unda y que fueron
conocidos por Caldas en poder del Canónigo
Delgado, se deduce, sin la menor duda, que
estos últimos no fueron capaces para, con ellos,
hacer las observaciones científicas cuyos
resultados se consignan en la Lápida de Tarqui.
El doctor Iglesias no sólo que niega que los
autores de la lápida pudieron ser don Francisco
Astudillo o don Pedro García de la Vera, en
1792, sino que da razones para asegurar que
57

�no fue ninguno de ellos, e indica que el único
antecedente para que el doctor Cordero
Palacios afirme en tal sentido, es la referencia
del Padre Solano sobre los discípulos del señor
Unda a los que les califica como persona
“inteligente en la geografía y geometría” al
señor Astudillo, y como poseedor de buenas
noticias de física, mineralogía y matemáticas al
señor García de la Vera, y se pregunta: “Por
ventura hay algún enlace lógico entre la simple
referencia a personas inteligentes o ilustradas,
con una obra famosa realizada cincuenta años
atrás y que requería no pocos conocimientos
elementales de matemáticas, sino profundos de
geodesia?”- Después de manifestar que la
hipótesis, aunque aceptable, es menester que
ella sea demostrada con documentos históricos,
caso contrario queda únicamente en la esfera
de lo posible, hace consideraciones acerca de
los conocimientos científicos que era
indispensable poseerlos para haber realizado la
inscripción de la lápida, y dice: “para obtener
los datos consignados en ella, se necesitaba
mucho tiempo, no pocos sacrificios y la
cooperación de personas entendidas en la
materia; sobre todo conocimientos de
astronomía, de lo que el Padre Solano no nos
habla; pericia para aplicar la teoría;
instrumentos apropiados para el caso; tablas
logarítmicas y astronómicas. Y siendo
imposible medir directamente la distancia del
oratorio de Sempértegui a la Torre de la
Catedral de Cuenca, debía previamente hacerse
una triangulación, buscarse una base, alinearla,
58

�medir con tino y prolijidad como lo hicieron
Bouger, La Condamine y Ulloa respecto a la
comprobación en el mismo llano de Tarqui;
trazar la meridiana, no por los métodos
ordinarios,
sino
por
las
alturas
correspondientes de las estrellas, medir con
todo esmero tanto los ángulos azimutales como
los cenitales, finalmente, ejecutar operaciones
trigonométricas por medio del cálculo. Los
conocimientos de Astudillo y García de la Vera
no pudieron exceder a los que tenía la sociedad
en la que vivieron. En ese entonces no había
ninguna noción científica de matemáticas sino
una rutinaria aplicación topográfica. Así
continúa la enseñanza hasta cuando se hicieron
cargo los jesuitas de nuestros colegios
Seminario y Nacional; pues, conocimos y
tratamos de cerca profesores de fama que
habían enseñado antes y no pasaban de lo
elemental en la enseñanza. Algún tiempo de
separados los jesuitas de ella se hizo cargo de
las clases de matemáticas y física en el Colegio
Seminario un alumno distinguidísimo de los
sabios profesores alemanes de la Escuela
Politécnica, el doctor José María Landín, quien
inició la enseñanza verdaderamente científica y
metódica: a él se debe lo poco que sabemos de
ciencias exactas”; y, a continuación se
pregunta: “¿Dónde aprendieron los cuencanos
trigonometría esférica, geodesia, astronomía?
¿Han quedado, por ventura, los libros en que se
ilustraron? - - ¿Se tiene siquiera noticia de
ellos? .“; luego apunta el hecho de que el
Canónigo Córdova pudo saber si Astudi
59

�lo o García de la Vera pudieron ser los autores
de la lápida y hace una especial referencia
también al doctor Salvador de la Pedrosa
hombre de letras, distinguido abogado,
contemporáneo de los señores Astudillo y
García de la Vera y que, además, fue el albacea
del Capitán Ignacio de la Peña y Dávalos,
inmediato propietario de la hacienda del
Capitán don Pedro de Sempértegui, siendo el
doctor de la Pedrosa confidente de Caldas a
quien le prestaba toda ayuda y le apoyó en su
plan de recaudar la lápida de Tarqui; pues, de
haber sabido que la obra, por la que se
interesaba tanto Caldas, en de alguno de
aquellos señores de Cuenca, lo habría
comunicado a su amigo.
Finalmente, el doctor Iglesias comenta los
conocimientos que tenía La Condamine del
idioma latino: “La Condamine —dice— sabía
el latín como se ve de los grabados de las
lápidas de Yaruquí, en Quito, de la roca del
Promontorio de Palmar y del epitafio en la
tumba de Couplet. Los cuencanos del tiempo
de la supuesta fecha ignoraban el latín, algunos
eclesiásticos no sabían leer el breviario, por lo
cual el primer Obispo estableció una clase de
latinidad para que concurrieran a aprender; de
donde se originé una desavenencia entre el
clero y el Obispo, según refiere el Ilmo.
González Suárez”.
60

�El historiador don Pedro Fermín Cevallos,
refiriéndose a la lápida de Tarqui, enuncia
“Aún es menos posible suponer que, por
aquellos tiempos, hubiese en la Presidencia de
Quito, hombre científico que se aprovechase de
las observaciones de los académicos para
componer la inscripción ,,
Don Víctor Manuel Albornoz sostiene que
ninguna persona de Cuenca pudo ser autor de
la lápida y dice: “Creemos, sinceramente, que
la opinión del doctor Cordero Palacios de que
algún cuencano sea el autor de la inscripción,
no tiene fundamento sólido en que descansar.
Lo posible es que todos los geodestas, con
intervención también de los Marinos
Españoles, obrando de común acuerdo,
hubiesen fijado los términos de lo que debía
grabarse en el mármol, procediendo a
efectuarlo así, hasta que la imprevista muerte
de Seniergues, acaecida en septiembre de 1739,
impidió dejar completo la labor; y, luego,
termina “por otra parte no cabe la menor duda
de que la inscripción de la lápida se halla
trunca”.
61

�III LAS VERSIONES AL ESPAÑOL DEL
TEXTO DE LA LAPIDA

Las versiones que se han efectuado al español
y que se han publicado, son en menor número
de las que se conocen del texto latino de la
placa; vamos a referimos únicamente a
aquellas que han dado lugar a rectificaciones o
que merecen algún comentario; las demás, no
pasan de ser la repetición o copia de unas a
otras.
La traducción más antigua que encontramos es
la efectuada por el doctor Miguel Coronel en
su Leyenda Histórica sobre la Muerte de
Seniergues que se publicó por primera vez a
manera de folletín en “El Porvenir” en 1871; la
versión que allí nos ofrece, si bien corresponde
al texto de la lápida colocada en la cumbre del
ceno Puguín, en 1856, es del que se conocía en
esa época o sea el que se editó del dejado por
Caldas. La versión se presenta a renglón
seguido,
63

�sin conservarse la división de las líneas del
texto latino; después de la referencia a las
10550 hexápedas parisienses, se agrega entre
paréntesis la expresión “toesas peruanas”.
Cuando en 1886 el Padre Menten presenta su
Informe al Gobierno sobre la lápida de Tarqui
y lo publica en enero de 1887, ofrece también
su traducción, la que ya corresponde al texto
completo de la lápida y concuerda plenamente
con el texto latino; no obstante, algunas líneas
han sido cortadas para acomodar su extensión
al ancho de la columna del periódico.
A pesar de que el texto de la lápida que publicó
el señor Jorge Landívar Ugarte en el Boletín de
la Biblioteca Nacional del Ecuador, en 1918,
concuerda con el incompleto de 1849, en la
versión que nos ofrece incluye la referencia a
que las distancias fueron observadas con un
instrumento de doce pies, lo que corresponde a
las
palabras
SUNT
INSTRUM,
DODECAPEDALI DISTANTLAE que hacían
falta en el texto latino que él traduce: esto
demuestra que la versión que presenta no la
hizo de la trascripción que antepone de la
placa, sino que la tomó, seguramente, de la
ofrecida por el Padre Menten, aunque no tiene
una rigurosa exactitud, mantiene el sentido.
Esta versión es también a renglón seguido.
64

�65

�El doctor Cordero Palacios realiza dos
versiones: la una con el texto incompleto y
ocupa con líneas los espacios que corresponden
a las palabras que faltan al publicado de
Caldas; y la segunda, también a renglón
seguido, del que ha obtenido de la placa y, al
hacerlo dice: “La del texto genuino es la
siguiente:
“En este recodo del Valle de Tarqui, y de la
hacienda de Sempértegui en el mismo Oratorio
aun no consagrado, cito en la extrema parte
austral del arco geométrico del meridiano
medido, distante 10550 toesas parisienses de la
Torre de la Iglesia Mayor de Cuenca, en línea
que declina XVIII grados y XXX minutos del
sur al occidente, fueron observadas con el
instrumento de doce pies, del cenit hacia el
Norte, hasta la Z, según Bayer, de las estrellas
de la mano de Antinoo, las distancias de 1
Grado, XXX minutos, XXXIV segundos y
XXVIIII de segundo”.
El doctor Iglesias cuando estudia el texto latino
de la lápida y se refiere a las tres estrellas
observadas por los académicos, sostiene que la
oración está mutilada, ya que no obstante de
haber concordancia entre DISTANTIAE con
STELLARUN, en la lápida no se las detalla
sino que se hace referencia a sólo la una: la O
de la mano de Antimoo, y se expresa en el
sentido de que “el doctor Cordero Palacios no
entien67

�67

�de así la inscripción y que descompone la
concordancia DISTANTIAE STELLARUN,
haciendo que distancias se refiera a grados,
minutos y segundos; y estrellas a las de la
mano de Antinoo, como se ve en la traducción
del texto latino”; y, luego de dar una
explicación del por qué en el tecnicismo
matemático no se dice “distancias en grados”
para significar la abertura de un ángulo,
concluye con una nueva referencia a la
traducción que viene siendo motivo de su
comentario: “Tampoco de la mano de la
constelación de Antinoo hay pluralidad de
estrellas, para que se diga de las estrellas de la
mano de Antinoo”. De inmediato, calificando
como traducción ad pedem litterae la del Padre
Menten, transcribe la parte correspondiente de
ésta:
“Se han observado con el instrumento de doce
pies
Las distancias, del cenit hacia el Norte
De las estrellas”.
subraya distancias y estrellas; luego, hace
alusión a la versión del doctor Manuel Coronel
e, igualmente, transcribe lo pertinente:
“Observada la distancia cenital, hacia, el Norte,
respecto de la estrella de la mano de Antinoo”;
para finalmente, afirmar “La traducción del
doctor Cordero Palacios es libre” e indica que
hay error cuando aquel, luego de una coma,
pone “fueron observadas con el instrumento de
68

�doce pies, del cenit hacia el Norte, hasta la Z,
según Bayer, de las estrellas en la mano de
Antinoo, las distancias” y subraya también las
palabras: de las estrellas y distancias, de esta
versión; y, finalmente, dice: “Dejamos al buen
juicio del lector la apreciación de las tres
traducciones”.
En la versión del doctor Iglesias y que la
copiamos cuando él trató sobre el sentido de la
placa, observamos que agrega dos puntos
después de la palabra estrellas para indicar que
los académicos, al haber observado tres,
iniciaron la referencia a todas ellas, pero que,
como la inscripción de la lápida no está
completa —lo que fue también advertido por el
Padre Menten y por el doctor Muñoz
Vernaza— quedó la referencia a sólo una de
ellas: la de Antinoo.
Don Víctor Manuel Albornoz, al dar su
versión, toma exactamente la dei. doctor
Iglesias, inclusive aquellos dos puntos antes
referidos.
Y para concluir con este aspecto, debemos
indicar, finalmente, que en ninguna de las
versiones se incluye el año 1792, ni el propio
doctor Cordero Palacios, a pesar del empeño
que tuvo en demostrar que esa grabación era
auténtica, circunstancia que ya fue apuntada
por el doctor Iglesias.
69

�IV. LUGAR EN EL QUE FUE
ENCONTRADA LA LAPIDA Y SU
TRASLADO A BOGOTA
El 19 de agosto de 1804 llegó a Cuenca don
Francisco José de Caldas como Miembro de la
Expedición Botánica de Santa Fe quien deja
una relación de su viaje, cuyo texto permaneció
inédito hasta cuando se lo incluyó en la
reedición francesa del Semanario de la Nueva
Granada, como lo indicamos ya anteriormente;
allí cuenta Caldas que supo de la existencia de
la lápida por los datos que le proporcionó el
Canónigo Fernández de Córdova y que le
encontró un una quinta conocida con el nombre
de Ingenio, a una legua de Cuenca. Estas son
las palabras de Caldas al respecto, ya que es
preferible tomarlas en su tenor literal, por la
importancia del asunto: “Todos saben que los
SS. Académicos terminaron sus trabajos de la
medida del grado contiguo al Ecuador en la
llanura de Tarqui, que midieron una segunda
base semejante a la de Yaruquí, y que el
observatorio austral lo esta71

�blecieron en una de las haciendas inmediatas.
Entonces perteneció ésta a un vecino de
Cuenca llamado N . Sempéretegui. (el capitán
Don Pedro de Sempértegui). Allí dejó Mr. de
La Condamine la lápida de mármol blanco de
que abundan las inmediaciones. Pero los
nuevos dueños que sucedieron a Sempértegui
la sacaron de su lugar y la dieron un destino
bien diferente del que tuvo en su origen. En
lugar de perpetuar la memoria y los resultados
de unas observaciones que decidieron la figura
de la tierra, que aseguran la vida del hombre en
Greolandia y en el cabo de Van-Diemen, las
más interesantes de que puede gloriarse la
astronomía, servía de puente sobre una
acequia, cubierta de tierra y sepultada. ¡Qué
destino! ¿Existe acaso algún genio enemigo de
este viaje célebre? Todo perece, todo se arruina
por los bárbaros. ¡Qué tiempos tan diferentes
los de 1740 a los de 1804! En esa época infeliz
para las ciencias se creía buen ciudadano el que
arruinaba, el que hacía perecer hasta las ruinas
de los últimos monumentos que pueden honrar
nuestra razón en la América meridional. Por
fortuna Córdova este sacerdote ilustre
(*) Quién fue el sacerdote Pedro Antonio Fernández de
Córdova?, el mismo caldas nos dice: “Un eclesiástico
virtuoso, el Dr. D. Pedro Fernández de Córdova,
canónigo ilustrado que conoce toda la importancia de las
ciencias que hacen al principal ocupación, mandaba por
fortuna el obispado de Cuenca, en la sede vacante del
señor Fita muerto en Quito el 31 de mayo de 1804. Este
hombre, raro entre los de su estado, se declaró al amigo y
mi protector con entusiasmo y actividad. Ardía en su
pecho el fuego sagrado de las ciencias. ¡Cuántas noticias
interesantes y curiosas sobre historia natural, usos y
costumbres de cuenca y su diócesis

72

�de que tanto hemos hablado en nuestro viaje a
Paute, vio esta lápida en el destino que
acabamos de ver la habían dado los buenos
vecinos de Cuenca; la hace lavar, lee, reconoce
su importancia, copia la inscripción y hace dar
al monumento un lugar mas honroso. No se
contenta con esto: manda una copia de la
inscripción a los editores del Mercurio
Peruano, la cual se publica. Pero mal
entendida, se halla desfigura
no me dio! Su nombre, que hoy me es tan grato y lo será
mientras viva, debe hallaras en cada página de esta relación.
Educado en Lima, catedrático en Arequipa y en Trujillo.
legislador en el seminario conciliar de aquella, manifiesta un
fondo de luces en las ciencias sagradas, en nuestro derecho y
también en la tísica y matemáticas, que le hace distinguir de todo
el clero que hoy manda, y aun ocupaste un lugar bien distinguido
en otros mas Ilustrados. Amigo de Unanue, de Urquiau y de
Moreno en la capital del Perú, súbdito de compañon. ha bebido
en este la moral mas pura y austera que honra su estado, y en
aquellos los conocimientos y el gusto de las ciencias. Ha viajado
á Europa, y ha sacado el fruto que se podía esperar de un hombre
bien educado, conoce el observatorio de Marina de Cádiz, el
jardín botánico, el gabinete de historia natural de Madrid, y todos
los establecimientos científicos de las ciudades que se hallaron
en su tránsito, y, lo que es mas precioso, trató y comunicó con
los hombres mas sabios que vivían en aquella época. Rico en
conocimientos y en libros, volvió á cuenca. En el seno de estas
espesas tinieblas, ha muchos años que se ocupa en hacer
cristianos ¡estos moradores, después que Vallejo les hizo
hombres. La moral pura y sublime promulgada con tesón,
mantiene á mucho. de ambos sexos en la vida más regulas y
penitente. Sus rentas derramadas con mano liberal en socorrer á
huérfanos, pobres y desvalidos, le constituyen el padre y el
consuelo de todos los necesitados. Amado de todos los buenos,
aborrecido de aquellos corrompidos que quisieran extinguir hasta
la idea de la justicia y del orden, recibe con gusto ¡aquellos y con
bondad é estos. ¡Dichoso el pueblo á quIen el cielo hace un
presente semejante! Digno de mejor fortuna, si el cristiano
reconociese alguna sobre la tierra hiera de una conciencia pura,
de las lágrimas y del abatimiento: digamos mejor, digno del
episcopado, al estas almas puras no huyeran de dignidades que
solo ellas debían ocupar”.

73

�da en este periódico. Nosotros le hemos
restituido su genuino sentido copiándola con la
mayor fidelidad.
“En este estado se hallaban las cosas cuando
llegé a Cuenca. Todo mi cuidado fue averiguar
por el paradero de esta lápida preciosa, y por el
destino que le habían dado esos bárbaros. El
mismo Córdova que la había copiado me
suministró todas las noticias necesarias. La
familia de Crespos, en Cuenca, tomó en
arrendamiento la hacienda de Sempértegui.
Cuando volvió el fundo, sacó, sin saber con
qué derecho, esta lápida de su lugar y la
transportó al Ingenio, pequeña quinta a una
legua de Cuenca, en donde se hallaba
abandonada, con el destino de perforarla para
que sintiese de rejilla en una acequia. Pensé en
pedir amistosamente se restituyese esta alhaja a
los astrónomos a quienes pertenecía, pensé
también en representarlo al gobierno a fin de
que se libertase del destino que se le intentaba
dar y se conservase; pero el conocimiento que
he adquirido del carácter pleitista de estas
gentes que hacen un proceso por el ala de una
mosca; el reflexionar sobre que nada avanzaba,
aún venciendo este pleito astronómico, y que a
la vuelta de 10 años se destinaría a usos
miserables y bárbaros, me hizo tomar la
determinación de apoderarme de ella y
trasladarla a Bogotá”.
Es del caso indicar aquí que el doctor Muñoz
Vernaza, quien tendrá luego una actuación des74

�75

�tacada en la restitución de la lápida, tras
enumerar los merecimientos científicos de
Caldas, afirma: “ aún quizás le debemos de un
modo indirecto, la conservación de la propia
Lápida de Tarqui”. Y, así, con las propias
palabras de Caldas, queda demostrado el lugar
y las condiciones en las que él encontró la
lápida y es oportuno en este momento rectificar
lo que hemos leído hace poco, cuando se dijo
“haber estado en la torre de la Catedral y que al
ir a repararla es retirada y arrinconada como
vulgar trasto viejo hasta que visitó Cuenca el
sabio Payanés Francisco José de Caldas quien
al ver el miserable aprecio que se tiene por ella,
cree de su deber rescatarla para que ocupe
destacado puesto en el Museo Colombiano”.
La lápida que se retira, momentáneamente, de
la antigua Catedral de Cuenca, hace
poquísimos años, cuando la Oficina de
Turismo, en 1979, emprendió en la
reconstrucción de la cubierta del edificio, fue la
que colocó el Comité France-Amerique, en
1936, en el dintel de la puerta del templo hacia
la calle Mariscal Sucre y que hoy ha vuelto a
su lugar, por lo que esta placa nada tiene que
ver con la lápida de Tarqui.
Con relación al lugar en el que Caldas indica
que fue encontrada la lápida, el doctor Cordero
Palacios asegura que “la única quinta que se
conoce con el nombre de Ingenio es la con
molinos de agua, contigua a Cuenca, en su
ángulo
76

�suroeste, que hasta hoy (1927) lleva ese
nombre (el doctor Muñoz Vernaza dice que
corresponde a la propiedad del doctor Manuel
M. Ortiz) y ninguna quinta con ese nombre
está una legua de Cuenca, ya que su existencia
ha sido ignorada por los cuencanos”; y, a
propósito de la propiedad de los Crespos,
asegura que es una “situada en Zhucay, a la
margen del Río Tarqui, que allí no se presta a
dar agua ni para un riego de jardín, menos para
Ingenio alguno”.
Es del caso observar que el doctor Cordero
Palacios conceptúa a esa quinta llamada
Ingenio como de propiedad de los Crespos;
Caldas anotó que personas de esa familia
transportaron la lápida al Ingenio, pero no dice
que esa quinta haya sido de propiedad de ellos,
por lo que no hacía falta referirse a ese
inmueble situado en Zhucay, lugar cercano a
Tarqui.
El doctor Muñoz Vernaza, a su vez, manifiesta
que la quinta Ingenio, a una legua de Cuenca,
citada por Caldas, es la quinta que se conoce
con el nombre de La Compañía (porque fue de
propiedad de los jesuitas), a la orilla del
riachuelo Patamarca, en donde regularmente
había un molino en aquellos tiempos y a los
molinos se los llamaba ingenio “y que la
determinación de ese lugar lo conoce por
tradición que la oyó al doctor Antonio Borrero
Cortázar (su padre político) a quien le
consideraba versado en esos asuntos y que esa
quinta perteneció luego a la fami77

�ha Urigüen, en cuyos títulos de propiedad se
habla de una acequia y molino”, El señor
Albornoz también está de acuerdo con lo
expresado por el doctor Muñoz Vernaza.
El doctor Iglesias corrobora este parecer del
doctor Muñoz Vemaza: “En efecto —dice— en
un lugar cercano a la quebrada Visoray no ha
mucho que había dos piedras de molino; pues
la hacienda de una familia Urigüen fue grande.
Nosotros mismos la mensuramos y dividirnos
entre los herederos del doctor Manuel María
Urigüen”; luego, da una razón más para
confirmar que en la propiedad llamada La
Compañía, fue donde se encontró la lápida, y
enuncia: “Se explica el paradero de la lápida,
porque los jesuitas muy amigos de La
Condamine, algunos de los cuales concurrieron
a la hacienda de Sempértegui para celebrar la
conclusión de la medida geométrica del
meridiano, sabían de la existencia de la lápida
y su valía. Al regreso de los académicos la
harían trasladar los jesuitas a una de sus
propiedades valiéndose de los Crespos. Y
cuando fueron expulsados violentamente de los
dominios de Carlos III, quedó la lápida
abandonada”.
Discrepa el doctor Iglesias en cuanto a que la
quinta llamada Ingenio sea la que el doctor
Cordero Palacios dice estar situada en un
ángulo suroeste de Cuenca, la misma que el
doctor Muñoz Vernaza dijo corresponder a la
propiedad del doctor Manuel María Ortiz, y
anota que la citada por el
78

�primero de ellos “no es quinta ni grande ni
pequeña por hallarse en la ciudad, al extremo
de la calle Malo y se compone de dos fábricas
ruinosas; la una sirve de habitación y la otra
donde están armados los molinos, y nada más.
Este Ingenio en el último tercio del siglo
pasado pertenecía a la familia Piedra, heredera
de don Juan de la Cruz Piedra, persona
inteligente e ilustrada, entendido en
astronomía, matemáticas, era hábil mecánico y
arquitecto: él dirigió la construcción del Puente
de Todos Santos; persona tan competente,
hubiera ignorado que en sus casas se labré la
piedra, y que allí la encontró Caldas y se
apropié de ella y la llevó a Bogotá? Lo que no
supo don Juan de la Piedra, descubre a los 123
años el doctor Cordero P. ¿En qué documentos
se apoya?
79

�V. UNA SEGUNDA LAPIDA Y LA
CONSTRUCCION DEL OBELISCO EN
PUGUIN

Siguiendo el orden cronológico de los
acontecimientos, es necesario referirnos a lo
ocurrido en los años 1853 a 1856, hechos que
dieron lugar a la existencia de una segunda
lápida.
Conocida en Cuenca la antes citada
publicación del viaje a esa ciudad escrito por
Caldas; y, editado, en 1851, el folleto del Padre
Vicente Solano Defensa de Cuenca, que lo
presentó con el anagrama de su nombre: F.
Tevince Nolas, el doctor José Manuel
Rodríguez Parra, Gobernador de la Provincia
del Azuay, en la falsa suposición de que la
Lápida de Tarqui hubiese sido colocada por los
académicos franceses en el Valle de Tarqui,
solicita del Concejo Municipal de Cuenca, en
la sesión del 25 de julio de 1853, “que se
observa si existe la columna, como la pusieron
los franceses y caso de no existir, man81

�darla a reconstruir de nuevo en los términos
que expresan las memorias de los sabios
mencionados, poniendo en ella una inscripción
que se acordará luego”; este pedido es
aprobado por el Concejo Municipal; y,
posteriormente, en una nueva sesión, celebrada
el 21 de noviembre del mismo año, después de
conocerse las notas oficiales que se ha recibido
de la Gobernación de la Provincia, se acuerda
señalar el día 26 de ese mismo mes para que la
Corporación se traslade al valle de Tarqui “con
el objeto de reconocer la antedicha columna, o
mandarla construir de nuevo”. El 3 de agosto
de 1854 el doctor Rodríguez Parra, en el
Informe que presenta al señor Ministro del
Interior e Instrucción Pública, al que hicimos
referencia anteriormente, tras informarle de la
resolución tomada por la Municipalidad en el
año anterior, le comunica que “el 24 de julio de
ese año, en compañía de los señores doctor
José Antonio Rodríguez Parra, Subdirector de
Estudios; don Juan de la Cruz Piedra, Tesorero
Principal; don José Arriaga, Contador
Accidental;
don Femando Moscoso, Colector de Fondos
Públicos; don Nicolás Sánchez, Teniente
Primero de la Parroquia de Baños y de don
Antonio Ordóñez, Oficial de la Secretaría de la
Gobernación, subimos a la cabeza del pico o
ceno más alto que domina la llanura de Tarqui,
en donde aquellos sabios habían hecho sus
observaciones geográficas y astronómicas, y
que lleva el nombre de Frances—urco —cerro
de los franceses— recordando con él la
estación de aquellos sabios,
82

�sus trabajos, valor incontrastable y su paciente
virtud”; y, seguidamente, dice: “Que no
encontrando como no debía encontrar la lápida,
pues no existía ya en aquel lugar hace medio
siglo, supliqué al señor Piedra fijase
geométricamente este punto, midiendo su
latitud y longitud y hechas hábilmente las
respectivas operaciones resultó que el
monumento debía haber sido colocado a 3
grados, 5 minutos y 31 segundos de latitud
austral y 31 grados, 34 minutos y 29 segundos
de longitud occidental respecto del meridiano
de París” y que luego ordenó que
“inmediatamente se construyera en ese mismo
lugar un obelisco o pirámide que debía
contener una lápida dividida en dos planos o
cuarteles para grabar en el primero la
inscripción que, en 1742, pusieron los
académicos y para que contenga el segundo
otra inscripción que signifique a la posteridad
las causas que habían motivado la construcción
del monumento nuevo”. Transcribe el texto
que
“según
documentos
auténticos”
corresponde a la primera inscripción o sea el
referente a la lápida de Tarqui y que es el
publicado de Caldas, e informa que el segundo
estaría concebido así: “El Gobierno y la
Municipalidad de Cuenca mandaron levantar
esta pirámide como homenaje a las ciencias y a
la memoria de los Académicos Godin, Bouger,
La Condamine, Juan y Ulloa. Año de 1854”.
Este texto fue reemplazado por otro.
El 30 de julio de 1856, en solemne cere
83

�monja, se coloca esta nueva lápida de mármol
en el obelisco construido en la cumbre del ceno
Puguín, acontecimiento del que se deja
constancia en una acta detallada en la que se
transcribe el discurso del doctor Rodríguez
Parra que contiene conceptos hirientes a la
memoria de don Francisco José de Caldas.
Antes de verificar la exactitud o no del texto
usado en esta nueva lápida en sus dos
segmentos, y más pormenores referentes a ella,
veamos las opiniones que existen sobre el sitio
que fue determinado para la construcción de la
columna que contendría dicha lápida.
El Padre Menten, en su Informe de octubre de
1886, refiriéndose a las operaciones
practicadas por el señor Juan de la Cruz Piedra
y que, al decir del doctor Rodríguez Parra,
sirvieron para colocar en ese lugar el obelisco,
dice: “esta inscripción fue colocada por el
Gobernador del Azuay de entonces, el señor
doctor José Manuel Rodríguez Parra, según las
instrucciones dadas por el señor Juan de la
Cruz Piedra, quien indicó el lugar. Hubo en
esto la equivocación de confundir un punto de
la triangulación con el sitio del observatorio”.
El doctor Cordero Palacios también sostiene
que hay error en haberse levantado el obelisco
en aquel sitio: “resolvieron la erección del
obelisco en aquella cima, que creyeron equivo84

�85

�cadamente, que era el punto terminal sur del
arco”, dice este autor.
El doctor Manuel Coronel es más terminante,
en su citada leyenda histórica sobre la muerte
de Seniergues, al hablar del obelisco levantado
en Frances-urco, nos cuenta, que cuando llegó
a Cuenca la Segunda Misión Geodésica
Francesa, él desempeñaba el cargo de Ministro
Presidente de la Corte de Justicia de esa ciudad
y que hizo una visita de cortesía al Jefe de la
Misión asignada a Cuenca, el Comandante
Massenet y le preguntó, entre otras cosas “si
ellos dejarían restablecida la pirámide en el
punto del valle de Tarqui, donde concluyó la
medida de Bouger y La Condainine”, a lo que
obtuvo la respuesta de que ellos no se
ocuparían del asunto porque han tomado otro
meridiano ya que todos son iguales y que las
operaciones que ellos iban a realizar se
extendían mucho más que las antiguas, por
norte y sur. El doctor Coronel se lamenta de
que no se fije ese lugar por parte de los nuevos
académicos y expresa: “Nuestro Gobierno que
generosa y patrióticamente ha servido y
atendido a la Compañía Académica Francesa,
ha podido obtener de ella, que fuera
restableciendo la señal del valle de Tarqui,
material y formalmente y hacer que
desaparezca la pilastra de Frances-uco, puesta
al ojo; y que por lo mismo, no sirve sino para
nuestro descrédito”. Y, en otro pasaje de su
libro, concretándose a la actuación del señor
Piedra
quien
hizo
las
operaciones
86

�aritméticas, expresa: “se mandó levantar la
pirámide en el sitio designado por el señor
Piedra, a pesar de que no había seguridad de
que aquel sea el punto verdadero fijado por los
académicos franceses”.
También don Víctor Manuel Albornoz sostiene
que la Lápida de Tarqui no fue fijada en
ningún lugar, menos en monumento alguno
que se hubiese construido al afecto,
escuchémosle: “En nuestro concepto resulta
evidente que ni La Condamine, ni ninguno de
sus compañeros, ni nadie, levantó en 1742 o en
los años posteriores del siglo XVIII pirámide
alguna que perpetuase en Tarqui los resultados
científicos alcanzados por los geodestas. Se ha
hecho esta suposición simplemente por
analogía con las del norte, debido a la lápida
hallada en abandono por Caldas, quien con su
acostumbrada violencia, y sin mayor examen,
culpó a los cuencanos de haber cometido un
crimen que acaso existió sólo en su acalorada
mente. Opinamos que la mencionada piedra no
fue, pues, nunca colocada en un monumento
que en realidad no llegó a erigirse y del cual no
queda ningún vestigio, ni en la historia ni en la
tradición, ni en lo material, ni siquiera en lo
escrito por los presuntos autores y, ya que no
por ellos, por sus contemporáneos”.
Así quedó colocada esta placa en el obelis87

�co situado en la cumbre del cerro Pugumn,
conocido ya con el nombre de Frances-urco,
sitio considerado, equivocadamente, como
histórico; en unas veces, en consideración al
falso supuesto de que allí dejaron los
académicos la lápida; y en otras, al creerse que
allí estuvo el observatorio en el que practicaron
los científicos sus observaciones; y, allí
permaneció la placa por muchos años; la vio el
Padre Menten en 1886, quien observó “que el
monumento está bastante dañado, y lo que es
peor, la inscripción está profanada y en partes
ilegible, por los nombres de algunas personas
que han querido perpetuar su memoria en la
piedra”; y, sin poder precisarse la fecha,
desapareció de ese lugar, lo que observa ya, en
1930 el doctor Muñoz Vernaza cuando,
mediante una nota que consigna en la
reproducción que hace de su estudio sobre la
lápida de Tarqui, indica que tiene
conocimiento de que ha sido encontrada y que
se la entregará al Centro de Estudios Históricos
y Geográficos de Cuenca. Pasan muchos años
y seguía siendo desconocido su paradero hasta
cuando, algún tiempo después de 1971, año en
el que ocurrió el fallecimiento del doctor José
Mogrovejo Carrión, el señor Oswaldo Rendón
Mora la adquiere de poder de los familiares de
dicho doctor; pasa después a ser de propiedad
de don Agustín Valdivieso Pozo, quien la
obsequia a Mons. Alberto Luna Tobar,
Arzobispo de Cuenca el que la conserva en la
actualidad, y debido a cuya gentileza y bondad,
hemos tenido la ocasión de conocerla
88

�y poder examinar su texto y algunos detalles.
El obelisco levantado en Puguín, sigue en pie,
con la natural destrucción debido al tiempo y
sin que tenga históricamente relación alguna
con la lápida de Tarqui; ese sitio sirvió de
vértice a la triangulación de La Condamine,
como lo anotan todos los autores que hemos
citado hoy.
***
La placa tiene la dimensión de 62,2 ctms. por
36,3 ctms.; la grabación está hecha en sentido
vertical; en el contorno lleva una
ornamentación, la misma que se ha perdido en
buena parte hacia el lado superior, debido a
que se ha mandado pulimentar la cara
posterior; pues, el doctor Mogrovejo la
conservaba como un elegante tablero de
mármol blanco en una mesa. El texto está
grabado en letra inglesa, bellamente ejecutada,
usándose mayúsculas sólo al comienzo de cada
línea y todos los rasgos han sido pintados de
negro, para contrarrestar con el fondo blanco
del mármol, pintura que con el transcurso de
los años, ha desaparecido en gran parte. Siendo
como es esta inscripción una copia del texto
que hasta ese entonces —1856— se conocía y
que era el publicado de Caldas, tiene, por lo
tanto las mismas diferencias con respecto al
auténtico de la lápida; y, además, al
trasladárselo a esta nueva placa se ha
producido diferencias y errores que son: en la
línea séptima, al es89

�cribirse en número romanos la cifra 10550 se
ha grabado sin cambiarse la posición de las dos
letras C, como corresponde; en la décima línea,
la palabra debió ser Observatae y se ha escrito
Obserrate, reemplazándose la y por una
segunda r; pues la forma c5mo está grabada la
y en otros pasajes del texto, aclara que esta
segunda r no es una y; en la última línea, hay
dos diferencias: la primera, en lugar de XXXIV
en números romanos consta XXXIII, sin que
asome el otro signo correspondiente a la
unidad, como está permitido, para completar
los cuatro; y, la segunda, a continuación de esta
cifra en números romanos se ha reemplazado la
expresión TUM. XXVIIII, por 1/3. “see”. Las
otras líneas guardan conformidad con el texto
que ha servido de base para esta trascripción.
En cuanto al texto del segundo segmento de la
placa y que se concreta a expresar el motivo
por el que ella fue colocada, en la segunda
línea consta Senatus que, dos palabras, cuando,
así en la publicación que se hizo en el
periódico oficial El Seis de Marzo, como en la
que realiza el doctor Coronel, consta una sola
palabra como debe ser esta expresión latina.
Para concluir con todo lo referente a esta
segunda lápida, veamos la traducción del texto
de la segunda parte, por la referencia que en
ella se hace a Caldas en la frase latina Et en
1804 á Caldas ablatam.
90

�El doctor Cordero Palacios, no obstante de que
siempre encuentra ocasión para referir- se no
muy favorablemente a Caldas, traduce esta
frase latina así: “1 quitada por Caldas en
1804”; en iguales términos lo hace el señor
Jorge Landívar Ugarte, en 1918; el doctor
Manuel Coronel, en su ya citado libro, traduce:
“Y sustraída por Caldas en 1804”. La
traducción compíeta del señor Albornoz, dada
en 1936, es la siguiente:
“Bajo la Presidencia de Urbina, perilustre
varón, el Gobernador de la Provincia y el
Senado Municipal, para honra de la sociedad y
del pueblo de Cuenca, repusieron esta tabla de
piedra que habían fijado en 1742 los
académicos Bouger y La Condamine y que en
1804 la sustrajo Caldas”. Y hace el siguiente
comentario: “debemos recordar que así como
Caldas fue injusto en su apreciación sobre los
cuencanos, también hubo injusticia para con él
cuando en 1856 el Gobernador Rodríguez
Parra mandó alzar una pirámide —que hasta
hora existe, aunque deteriorada— en la que se
grabó una frase ciertamente ofensiva para la
memoria del sabio granadino” En ella se acusa
a Caldas nada menos que de haber sustraído la
piedra cuya inscripción se renovaba entonces;
aseveración que la hizo más grave el citado
Gobernador al añadir en su discurso de
inauguración del monumento que Caldas llevó
a cabo tal sustracción con mano atrevida y
empujado por su vanidad. . .Fue el amor a la
ciencia, no hay duda, el que le condujo a
llevarse la piedra y a motejamos con calificati91

�vos impropios para ser lanzados por un hombre
de su talla; pero esto no nos facultaba para
tratarlo tan llanamente de ladrón —digamos sin
eufemismos—, puesto que, como hemos dicho,
aquella losa ni fue parte integrante de un
monumento y quizá ni siquiera se trataba de
una obra concluida”.
Nos preguntamos: ¿por qué el señor Albornoz
que en el enunciado trascrito, en definitiva,
defiende a Caldas, es una de las dos únicas
personas que traduce ablatain como
sustracción?
Hemos consultado algunos diccionarios
latinos, así como oído la opinión de personas
que conocen el idioma latino y ablatam no
puede traducirse como sustraída; la acepción
que encontramos que corresponde a este
término latino es: quitada, retirada, separada; el
concepto de sustracción es totalmente
diferente; y, sobre todo nunca puede decirse
que el acto ejecutado por Caldas, al llevar
consigo la lápida, haya sido una sustracción;
pues, sabido es que quien comete un acto de
esa naturaleza, se cuida de que él sea
divulgado; pues, es una actitud dolosa que
acarrea una responsabilidad legal; y, en el caso
que nos ocupa, Caldas no lo oculta para
mantenerlo en reserva; sino que, por lo
contrario, da todos los detalles sobre donde y
cómo encontró la lápida y los motivos que tuvo
para decir claramente que resolvió “apoderarse
de ella” no es, ni justo ni gramaticalmente
aceptable que la actitud de Caldas con respecto
a la Lápida de Tarqui, merezca ese repugnante
calificativo.
92

�VI. EL RECLAMO DEL GOBIERNO DE
COLOMBIA Y LA OFERTA DE
DEVOLVER LA LAPIDA
Fue el doctor Rodríguez Parra el primero en
mencionar que el gobierno ecuatoriano debía
obtener la devolución de la lápida de Tarqui;
pues, en aquel Informe de agosto de 1854,
presentado al Ministro de lo Interior e
Instrucción Pública y que lo hemos citado
anteriormente, pide al Ministro “se digne
obtener de S.E. el Presidente de la República la
orden respectiva, para que por el ministerio
correspondiente se reclame y exija por todas
las vías adoptadas en casos semejantes, de la
familia del señor Caldas, sus herederos o
albaceas la devolución e inmediata entrega de
la lápida a que honrosamente me he contraído,
porque esta la- pida no pertenece a Bogotá, ni a
ningún otro pueblo Granadino; pertenece, H.
Señor Ministro, a Cuenca, una de las
principales ciudades del Ecuador. Nuestra
justicia tendrá en su favor la
93

�aceptación del mundo, y no nos podrán negar
el gobierno y el pueblo Granadino, que tantas
pruebas han dado de amor a la justicia de los
hombres y las naciones”.
Años después, conocida en Bogotá la
publicación efectuada en el periódico oficial El
Seis de Marzo en la que consta los detalles de
la colocación de aquella segunda lápida; y, por
lo tanto las referencias que se hicieron a
Caldas, tanto en el texto del segundo segmento
grabado en la placa, como el discurso del
doctor Rodríguez Parra, el Ministro de
Relaciones Exteriores de Colombia, don Lino
de Pombo, dirigió al Gobierno del Ecuador una
culta y ponderada nota, el 25 de noviembre de
1856, en la que, previo el elogio de la
personalidad científica de Caldas, estima como
“infamante” la inscripción constante en esta
nueva placa y las palabras del Gobernador del
Azuay en su discurso; repite lo dicho por
Caldas sobre el lugar y la forma cómo aquel
encontró la lápida original y considera que ella
“fue redimida oportunamente por aquel
granadino malogrado, a quien no pudieron
redimirle luego del patíbulo glorioso de los
próceres de la independencia ni sus
privilegiadas dotes intelectuales ni sus excelsas
virtudes”; y, luego manifiesta que “si el
Gobierno del Ecuador se propusiere
restablecerla a su lugar, con la honra y la
seguridad de que es digna, el Poder Ejecutivo
de la Nueva Ganada solicitaría del Congreso la
autorización necesaria para hacer con ella un
obse94

�95

�quio de amistad a aquella República hermana y
vecina”; y en el párrafo final, dice: “El
infrascrito Secretario de Relaciones Exteriores
ha recibido orden de transmitir las
explicaciones y la oferta que preceden al
Honorable señor Ministro de Estado del mismo
Departamento del Gobierno Ecuatoriano”.
Como era de esperarse, el Gobierno del
Ecuador, por medio de su Ministro de
Relaciones Exteriores, don Antonio Mata, dio
respuesta a la comunicación recibida y, en
primer término, indica que “cree no ser de su
competencia entrar en el examen de la
exactitud o inexactitud de los conceptos
emitidos en uso de un derecho personal por el
ciudadano Rodríguez Parra en el lugar y en los
actos referidos; ya por no haber tenido ni
podido tener tales actos carácter ninguno
oficial, ya porque siendo los pensamientos
refutados una opinión privada y quizás especial
expresada contra una refutación literaria que
tiene ya un puesto distinguido entre los sabios,
toca únicamente al autor de tales aserciones
que han motivado la sentida y razonada queja
del Honorable Señor Ministro de Relaciones
Exteriores de la Nueva Granada, la
responsabilidad que de ellas resulte ante la
verdad histórica o ante el juicio ilustrado de la
opinión pública”; explica, además, que el
Ministerio no tuvo conocimiento ni ha
intervenido en la publicación efectuada en el
periódico oficial El Seis de Marzo, ya que ésta
se verificó el penúltimo día del
96

�período de Gobierno que concluyó el 15 de
octubre de 1856; y, finalmente, refiriéndose a
la oferta del Gobierno de Colombia de
devolver la lápida, dice: “En cuanto al
ofrecimiento que el ilustrado Gabinete de
Colombia se ha servido hacer al Gobierno del
infrascrito, prometiendo solicitar al Congreso
Neo-Granadino la autorización suficiente para
que devuelva al Ecuador el monumento
científico que el celo justificado del filósofo
Caldas recaudó en Cuenca y depositó en el
Observatorio Astronómico de su país; le es
grato y satisfactorio al Ejecutivo de esta
República aceptar con entusiasmo y
reconocimiento tan generosa proposición, y
esperar el aviso que se dignará impartir el
Honorable Señor Ministro de Relaciones
Exteriores de la Nueva Granada, para dictar las
providencias conducentes al objeto de que la
venerada reliquia sea restablecida al lugar de
donde había sido separada por la incuria propia
del tiempo en que las costumbres eran lo que
podía ser en el Estado Colonial”.
La actitud del Gobierno de Colombia con
motivo de la colocación de esa segunda lápida
no pasó más allá de la referida nota del señor
Ministro de Relaciones Exteriores de ese país,
en la que, culta y serenamente, hace un
reclamo por las frases del Gobernador
Rodríguez Parra y por la expresión que se
grabó en la lápida y ofrece, gentilmente,
devolver al Ecuador la Lápida de Tarqui. De
parte de la Cancillería Ecuatoriana, no hubo
otra cosa que una adecuada respuesta,
97

�en términos corteses, en la que se reconocen
los merecimientos científicos de Caldas; se
califica de “sentida y razonable” la queja del
Gobierno de Colombia; se dice que Caldas
había “recaudado en Cuenca la lápida”, actitud
que se aprecia como “celo justificado del
filósofo Caldas”; y, como era lo natural, se
acepta con “entusiasmo y agradecimiento” la
proposición de devolver la lápida; por lo tanto,
no hubo amenazas de ninguna clase de un
gobierno a otro y en ninguna parte de la nota
del Gobierno de Colombia se encuentra que se
haya solicitado “satisfacciones al gobierno
ecuatoriano, pues de lo contrario se declararía
la guerra”, como se ha afirmado últimamente
en una publicación periodística que la he leído.
Quién más que el doctor Muñoz Vernaza, que
tanto interés tomó en este asunto de la lápida
de Tarqui e historiador erudito y veraz como lo
fue, algo habría dicho al respecto y ni él, ni
quienes han tratado sobre el particular, citado o
no hoy por nosotros, jamás han hecho la más
leve alusión a una circunstancia de esa
naturaleza.
98

�VII — LA LÁPIDA ES DEVUELTA
A CUENCA

Así había quedado la situación hasta cuando en
el año 1885, encontrándose de Ministro del
Ecuador en Bogotá don Numa Pompilio Llona
y Secretario el doctor Alberto Muñoz Vernaza,
éste redacta la nota que el señor Ministro Llona
dirige al Canciller de Colombia en la que, con
una historia sucinta de la lápida y recordando
al gobierno de ese país que el Poder Ejecutivo
se encuentra autorizado por la Ley de 24 de
abril de 1857 para que proceda a su
devolución; y que, posteriormente, con oficio
de 23 de octubre de 1882, el señor Secretario
don José María Quijano comunicó al Ministro
de Colombia en el Ecuador que se habían
dictado las órdenes del caso para que dicha
lápida fuese remitida al Cónsul en Guayaquil,
con instrucciones de encaminarle a Quito, le
pide que, no habiendo podido verificarse hasta
la fecha los reiterados ofrecimientos de
Colombia, obten99

�ga que se ordene su entrega a la Legación del
Ecuador en Bogotá. En respuesta, don Vicente
Restrepo, Secretario de Relaciones Exteriores,
el 16 de septiembre de 1885, comunica al señor
Llona que el Presidente de Colombia, doctor
Rafael Núñez, ha dispuesto que sea entregada
la lápida por mecho del señor Secretario de
Instrucción Pública, doctor Enrique Alvarez
Henao, acto que se cumplió y por el que se
suscribió la respectiva acta; como este
documento no es lo suficientemente conocido,
nos permitimos transcribirlo, tomándolo del
periódico oficial, y dice:
“En la ciudad de Bogotá, a 24 de septiembre de
1885, reunidos en el salón de la Secretaría de
Instrucción Pública, el Excelentísimo señor
don Numa P. Llona, Enviado Extraordinario y
Ministro Plenipotenciario del Ecuador en
Colombia, Su Excelencia don Enrique Alvarez,
Secretario de Instrucción Pública, y el señor
don Alberto Muñoz Vernaza, Secretario de la
Legación Ecuatoriana, para el efecto de la
entrega de la lápida que los académicos
franceses dejaron en el siglo pasado, en la
Planicie de Tarqui, con motivo de los trabajos
de triangulación, emprendidos para la medida
del arco contiguo al Ecuador, y que fue
conducida a esta capital a principios del
presente siglo por Don Francisco J. de Caldas;
el señor Secretario de Instrucción Pública
procedió a verificar la entrega de la referida
Lápida, hallándose autorizado para tal acto el
Poder Ejecutivo de la Unión, por Ley de 24 de
abril de 1857; y habiendo precedido las
100

�101

�gestiones del caso, entabladas por el señor
Ministro del Ecuador con instrucciones de su
Gobierno. Fue, en consecuencia, recibida por
el señor Llona, a fin de encaminarla a su
destino; y para constancia firman ‘por
triplicado la presente acta los arriba
mencionados. Enrique Alvarez. Numa P.
Llona. Alberto Muñoz V.”
El Plenipotenciario ecuatoriano presentó su
agradecimiento al gobierno colombiano el
mismo día en el que se realizó la entrega. Cabe
destacar que en toda la correspondencia
cruzada entre los gobiernos de Ecuador y
Colombia se menciona que la placa fue dejada
en Tarqui “por los académicos franceses”.
Al regresar al país el personal de la Legación
del Ecuador en Bogotá trajo la lápida y es así
como retomó a Cuenca luego de más de
ochenta años de haber permanecido en Bogotá,
salvándose de esa manera de una posible
pérdida de haber quedado en algún lugar en esa
ciudad; pues, aún en nuestros días, entidades y
personas llamadas a precautelar los testimonios
históricos que constituye la epigrafía de nuestra
ciudad, nada han hecho por cuidarlos y
conservarlos; y así, han desaparecido
definitivamente tantas placas que las hemos
visto y que consagraban lugares y fechas
históricas de Cuenca.
Con ocasión del retorno de la Lápida de Tarqui
a Cuenca, fue sancionado por el Ejecuti
102

�yo el Decreto del Congreso, dictado en julio de
1886, y en el que se disponía; “1v. El Poder
Ejecutivo mandará levantar una pirámide de
mármol nacional, de ocho metros de altura por
lo menos, en el lugar fijado por los académicos
franceses y señalado en la lápida devuelta; 2a.
En la cara que mira al Occidente se colocará la
antedicha lápida, y en la que da al lado oriente
se pondrá el presente Decreto, en plancha
metálica”. Esta disposición Legislativa fue
complementada por el Decreto Ejecutivo de 16
de octubre del mismo año, que disponía que las
caras Norte y Sur de la pirámide estaban
destinadas para que el Concejo Municipal y la
Corporación Universitaria del Azuay pongan
en ellas las inscripciones “alusivas a la historia
del monumento científico que se restaura”.
103

�VIII— DETERMINACION DEL SITIO
EN EL QUE ESTUVO EL
OBSERVATORIO
DE LOS ACADEMICOS

Con el objeto de dar cumplimiento a lo
dispuesto en los Decretos citados, surgió la
necesidad de determinar el sitio en el que debía
levantarse la pirámide de mármol y para ello
debía saberse el que correspondía al oratorio de
la hacienda que fue del Capitán don Pedro de
Sempértegui, sitio al que se hace referencia en
el texto de la lápida.
La persona que tomó mayor interés en
encontrarlo fue el doctor Alberto Muñoz
Vernaza, quien había manifestado en repetidas
ocasiones que “la lápida no fue colocada en
ningún momento o lugar especial, sino que fue
abandonada en el Observatorio de La
Condamine; eso es en la capilla no consagrada
de la hacienda de Sempértegui”; al hacer esta
indicación aprovecha el doctor Muñoz Vernaza
para defender a los cuen105

�canos que no la arrancaron de ningún lugar
—-como había dicho Caldas— como que
tampoco existió el monumento profanado por
mano atrevida como lo expresó el Gobernador
de Cuenca, doctor Rodríguez Parra” cuando
éste aludió al científico Neo Granadino.
También manifiesta el doctor Muñoz Veniaza
que pudo haber motivado el momentáneo
extravío de la placa “la indiferencia y quizás la
prevención con que las autoridades coloniales
miraron las obras en que los académicos
consignaron el fruto de sus trabajos, ya que
habían sido destruidas las pirámides de
Caraburo y Oyambaro luego de las
discrepancias que se suscitaron entre los
académicos franceses y los oficiales españoles,
puesto que, a ese olvido no pudo sustraerse la
lápida de Tarqui, con cuanta mayor razón que
no se levantó un monumento dignamente
adecuado para que lo contuviese”.
Tras conseguir su empeño, el doctor Muñoz
puso especial interés, y nos relata como
“después de estudiar los antecedentes y
recorrer el valle de Tarqui, investigar los sitios,
tomar datos de personas antiguas, comparar las
relaciones escritas con los lugares a que ellas
se refieren, fui el primero en reconocer que la
lápida y su inscripción no correspondía a la
cúspide de Puguín (Frances-urco), porque este
cerro sólo sirvió de vértice de uno de los
triángulos medidos por los Geodésicos; y
pudimos al fin, dar con el observatorio de los
Académicos franceses, en la
106

�hacienda llamada del Colegio, perteneciente a
la fecha de nuestras investigaciones al Dr.
Manuel Vega, y hoy de su nieto, el doctor
Honorio Vega; y por consiguiente, detenninar
el sitio a que corresponde la inscripción.
Ayudados eficazmente por el inteligente y
malogrado joven D. Agustín Cueva Muñoz,
experto dibujante, preparamos un mapa, en
escala ampliada, de la triangulación de los
Académicos, para verificar la ubicación de los
triángulos de la base de Tarqui; mapa que
pronto desapareció entre las manos de los
curiosos y aficionados que nos habían
acompañado. Y, finalmente solicitamos al
Gobierno que enviara al Director del
Observatorio
Astronómico
para
que
determinara por precisión el punto al que
correspondería la lápida, como se verificó”.
Llegado a esta ciudad el Padre Juan Bautista
Menten, cumplió a cabalidad su cometido; y,
hombre de ciencia como fue, aportó con
valiosos datos y opiniones al respecto, como
consta del Informe que suscribió en octubre de
1886. Con respecto al objeto principal de su
comisión, nos dice: “. . . ahora vengo al objeto
de la comisión que se me confió, es decir, la
averiguación del lugar en que se supone estuvo
la lápida. Tres son los datos que da el
monumento: (llama así a la lápida) la
descripción del lugar del observatorio, su
distancia a la Tone de ‘Cuenca, y el ángulo de
declinación occidental del meridiano a la línea
que une los dos puntos mencionados. Para el
examen respectivo me acompañaron el
107

�señor Gobernador, Dr. Francisco José
Moscoso, el doctor Alberto Muñoz Vernaza y
algunos señores más, vivamente interesados en
este asunto científico. (El doctor Manuel
Coronel dice que él también estuvo en ese
acto) Desde Yanuncay tomé las primeras
observaciones de declinación respecto al
meridiano, las mismas que las repetí a la
vuelta. En cuanto al lugar mismo hubo poco
trabajo; pues el doctor Alberto Muñoz
Vernaza, había hecho ya sus estudios con vista
de la inscripción y se había fijado en la
hacienda llamada Colegio, perteneciente al Dr.
Manuel Vega. Corresponde en efecto a lo que
dice la lápida:
In hoc vallis Tarquensis anfractu (se ha
alterado el orden de las dos primeras sílabas
latinas, es: HOC IN) que quiere decir: En esta
curvatura del valle de Tarqui; y en la
descripción que hace La Condamine del
Observatorio en su obra “Journal des Voyages”
como sigue (aquí transcribe el Padre “Menten
el texto en francés) o en castellano: “Está
situado a la extremidad austral del Valle en una
hondonada que tiene sólo una salida; un círculo
de montañas a cuyo pie está la casa, limitada la
vista por todos los lados sin dar ningún abrigo.
“Y concluye el Padre Menten: “Esta
hondonada corresponde exactamente a la
hacienda del Colegio y sólo a ella. Añádase a
esto que hasta hoy hay recuerdo de la capilla
que existía antiguamente y así mismo el sitio
que nos mostraron a continuación de la casa
antigua, frente a la nueva, lugar que sirve hoy
de corral, será la misma capilla que se
108

�refiere la segunda línea de la inscripción de la
lápida”.
El doctor Cordero Palacios, como lo anotamos
ya, también sostuvo que fue un error del doctor
Rodríguez Parra levantar el obelisco en el cerro
Pugumn y, para indicar el lugar en el que
estuvo situado el Observatorio de La
Condamine, hace también uso del mismo texto
de este académico francés al que se refirió el
Padre Menten y dice que “no puede ser más
exacta la descripción de la casa hecha por el
académico y que corresponde a la hacienda del
Colegio y que lo único que ha podido cambiar
es su confort que tiene” -y concluye afirmando
que “allí es donde debe colocarse la placa
ejecutada por los académicos o por alguna
persona de la ciudad”.
Así, queda pues, establecido, de manera
irrefutable, el sitio en el que estuvo el oratorio
de la hacienda de Sempértegui y, por
consecuencia, el Observatorio de los
Académicos. No se dio cumplimiento a lo
dispuesto en el Decreto Legislativo de 1886; y,
si algún día se deseare cumplirlo, debería
colocarse en la columna o momento ordenado,
una placa que contenga el texto de la Lápida de
Tarqui, indicándose que es una réplica del
original, la que deberá seguir conservándose en
el lugar en que está actualmente; pero, es de
imperiosa obligación histórica, científica,
patriótica y, diríamos, hasta ética, que ese sitio
sea identificado y su recuerdo se
109

�conserve para las actuales y futuras
generaciones. Tienen la palabra las personas
vinculadas con las instituciones rectoras de la
cultura del país.

110

�IX — CONCLUSIONES
Como consecuencia de lo que dejamos dicho
sobre la Lápida de Tarqui, podemos llegar a las
siguientes:
Primera: La Lápida de Tarqui fue encontrada
en Cuenca por el Canónigo doctor Pedro
Antonio Fernández de Córdova y su texto se
publicó en 1793, en el Mercurio Peruano, en
Lima.
Segunda: Existen sobrados argumentos para
suponer que la lápida fue obra de los
académicos, especialmente de La Condamine,
y que no fue ejecutada por don Francisco
Astudillo ni por Don Pedro García de la Ven,
ya que ninguno de ellos tenía conocimientos en
la materia y los instrumentos conocidos por
éstos no eran aptos para realizar la
investigación científica, luego de haber
transcurrido más de cincuenta años de la
permanencia en Cuenca de la Misión
Geodésica.
111

�Tercera: la publicación efectuada en 1849 del
texto trascrito por Caldas en la relación de su
viaje a Cuenca, está incompleta, por la omisión
de cuatro palabras, que pudo ser producida por
la persona que copió el inédito dejado por
Caldas, o por la editorial.
Cuarta: El año 1792, que aparece, muy apenas,
a la altura de la séptima línea, al margen
izquierdo, no es una grabación auténtica, por lo
que no debe ser tenido en cuenta.
Quinta: La Lápida está incompleta, aparece
cercenada al final y se hace referencia a
solamente una de las tres estrellas observadas.
Sexta: La lápida no fue fijada nunca en algún
lugar especial o monumento construido para el
efecto; quedó abandonada en la misma
hacienda en la que estuvo el oratorio que sirvió
de Observatorio a los científicos franceses.
Séptima: En 1804 estuvo en Cuenca don
Francisco José de Caldas, reconoció la
trascendental importancia de la lápida y, ante el
temor de que se destruya o se pierda, la llevó
consigo a Bogotá; actitud que, censurada por
unos, ha sido justificada por otros; fue devuelta
por el Gobierno de Colombia en 1885 y, en la
actualidad se la conserva en el Museo
Municipal de la ciudad de Cuenca.
112

�113

�Octava En 1856 se levantó un obelisco en la
cumbre del cerro Puguín -conocido con el
nombre de Frances-urco- y en él se colocó una
segunda lápida con la inscripción publicada en
1849 y otra referente a la pérdida de la Lápida
de Tarqui. Frances-urco fue solamente un
punto que sirvió para las triangulaciones
efectuadas por los científicos, por lo que
constituyó un error levantar aquel obelisco y
situar allí esa nueva lápida.
Novena: Perdida por muchos años esta segunda
placa, ha sido encontrada y, en la actualidad, la
tiene el Excmo. Señor Arzobispo de Cuenca,
Mons. Alberto Luna Tobar.
Décima: La hacienda de Sempértegui, cuyo
oratorio fue destinado por los académicos para
observatorio astronómico, fue un predio
situado en Tarqui y que, habiendo pasado por
varios nuevos propietarios, corresponde la
hacienda hoy a los herederos del doctor
Honorio Vega Larrea.
Undécima: No se debe confundir la Lápida de
Tarqui con la placa que existe en la actualidad,
desde 1936, en el dintel de la puerta de la
Iglesia Catedral antigua de Cuenca; la colocó
el Comité France-Amerique en el año del
Bicentenario de la’ Misión, para recordar la
importancia de la torre de esa iglesia en los
trabajos científicos del siglo XVIJI.
114

�BIBLIOGRAFIA
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La Lápida de Tarqui. En: ‘El Tres de
Noviembre” Organo del Concejo Cantonal de
Cuenca. No.
V. Mayo de 1936.
Caldas, Francisco José
Semanario de la Nueva Granada. Miscelánea
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Tercera edición. Cuenca, 1906.
Cevallos, Pedro Fermín
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Revista del Colegio Nacional Benigno Malo”.
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115

�Chiriboga, Ángel Isaac
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En: Revista del Centro de Estudios Históricos
y Geográficos de Cuenca. Entrega 13, pp.
364—394; Entrega 14, pp. 25—51.— También
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Landívar Ugarte, Jorge
Epigrafía Quiteña. En: Boletín de la Biblioteca
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1918, pp. 206-230.
Matamoros jara, Carlos.
Bicentenario de una Comisión Científica. En:
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Menten, Juan Bautista, S.J.
Programa de las lecciones que se darán en la
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de 1875 a 1876. Precedido de una relación
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Franceses. Quito, 1875.
Muñoz Vernaza, Alberto
La Lápida de Tarqui. En: Revista del Centro de
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Entrega 16. Mayo de 1930, pp. 101-1 33.
116

�Posada, Eduardo (editor)
Obras de Caldas. Biblioteca de Historia
Nacional. Volumen IX. Bogotá, 1912.
Solano, Vicente.
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Valbuena, Manuel de
Diccionario Universal Latino Español.
Segunda edición. Madrid, 1808.

PERIODICOS:
El Nacional. Periódico Oficial. Quito, 1885.
El Seis de Marzo. Periódico Oficial. Quito.
1854 y 1856.
El Porvenir. Cuenca, 1871.
El Progreso. Cuenca, 1887.
El Telégrafo. Guayaquil, 27 de Septiembre de
1930.
la Alianza Obrera. Cuenca, 1915.
117

�INDICE
Pág.
Nota de los editores
7
La Lápida de Tarqul
9
1. El texto de la Lápida
13
Noticia de una inscripción encontrad en las
inmediaciones de Cuenca
14
Lámina No. 1
15
Lámina No. 2
25
II. Los autores de la Lápida
33
Lámina No. 3
37
Lámina No. 4
47
III. Las versiones al español del texto de
la Lápida
63
Lámina No. 5
65
Lámina No. 6
67
IV. Lugar en el que fue encontrada la
Lápida y su traslado a Bogotá
71
Lámina No. 7
75
y. Una segunda Lápida y la construcción del
Obelisco en Puguín
81
119

�Lámina No. 8
85
VI. El reclamo del Gobierno de Colombia y la
oferta de devolver la Lápida
93
Lámina No. 9
95
VII. La Lápida es devuelta a Cuenca. . . .
99
Lámina No. 10
101
VIII. Determinación del sitio en el que es
tuve el observatorio de los Académico
105
IX. Conclusiones
111
Lámina No.11
113
Bibliografía
115

120

�</text>
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